Texto basado en el video: Río Usumacinta, ILCE-Online Communications, México, 1998 (serie Ríos de México).
Esther López-Portillo



No cabe duda de que la vida, tal como la conocemos (con forma de reptil, flor, ave, enredadera, persona, árbol, simio, pez, arbusto, etcétera), la vida con sus diferentes tamaños, su extensa gama de colores y la infinidad de texturas de pieles de animales y superficies de plantas ha necesitado del agua para permanecer, para no extinguirse.




En la Tierra existe una estrecha relación entre vida y agua; de hecho, sería imposible pensar en un ahora sin ese recurso. El río Usumacinta ha cruzado la Selva Lacandona por miles de años, fue testigo del esplendor de la cultura maya, una de las más importantes de Mesoamérica. A su paso entrelaza —con hilos de líquido, magia y tiempo— las impresionantes creaciones del hombre, como los frescos y las fachadas en Bonampak y las cresterías y esculturas en Yaxchilán: ciudades antiguas que se ubican en la ladera del río, que nos hablan de la cosmovisión de una cultura fundamental para explicar lo que somos. Los hilos entretejen delicadamente parte de nuestra historia con majestuosas creaciones de la naturaleza, como el coro de los monos aulladores, la exhuberancia de las plantas, la delicadeza de las garzas y el andar sigiloso del jaguar.

Dentro de la riqueza biológica de la selva tropical que cruza el Usumacinta destacan animales como el águila arpía, el pato real, el zopilote rey, la guacamaya roja, el murciélago, el jaguar, el tapir, el armadillo, el sarahuato; y las maderas preciosas como el cedro, la ceiba, el amate y la caoba.


Leer comentarios

Índice del texto: 1 2 comentarios