
No cabe duda de que la vida, tal como la conocemos (con forma de reptil,
flor, ave, enredadera, persona, árbol, simio, pez, arbusto, etcétera),
la vida con sus diferentes tamaños, su extensa gama de colores
y la infinidad de texturas de pieles de animales y superficies de plantas
ha necesitado del agua para permanecer, para no extinguirse.

En la Tierra existe una estrecha
relación entre vida y agua; de hecho, sería imposible
pensar en un ahora sin ese recurso. El río Usumacinta ha cruzado
la Selva Lacandona por miles de años, fue testigo del esplendor
de la cultura maya, una de las más importantes de Mesoamérica.
A su paso entrelaza —con hilos de líquido, magia y tiempo—
las impresionantes creaciones del hombre, como los frescos y las fachadas
en Bonampak y las cresterías y esculturas en Yaxchilán:
ciudades antiguas que se ubican en la ladera del río, que nos
hablan de la cosmovisión de una cultura fundamental para explicar
lo que somos. Los hilos entretejen delicadamente parte de nuestra historia
con majestuosas creaciones de la naturaleza, como el coro de los monos
aulladores, la exhuberancia de las plantas, la delicadeza de las garzas
y el andar sigiloso del jaguar.
Dentro de la riqueza biológica
de la selva tropical que cruza el Usumacinta destacan animales como
el águila arpía, el pato real, el zopilote rey, la guacamaya
roja, el murciélago, el jaguar, el tapir, el armadillo, el sarahuato;
y las maderas preciosas como el cedro, la ceiba, el amate y la caoba.
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