Es definitivo que las moscas de la fruta deberían tener un monumento. Millones y millones de mosquitas que dieron su vida en nombre de la ciencia. Abnegados dípteros que ayudaron al desarrollo de la genética y que, a lo más, han recibido un nombre científico rimbombante dentro de la zoología. Moscas de la fruta o del vinagre, cuyo nombre artístico es: Drosophila melanogaster.

Los estudios sobre genética hoy parecen parte de lo cotidiano. Hacer ingeniería genética, clonaciones o descifrar el genoma humano, son parte de las noticias que todos los días ofrecen los medios de información. Mucho de esto no habría sido posible sin la colaboración de las pequeñas aladas.

Ramón Cordero G.

 

 

Que, ¿no te las han presentado? Será porque no requieren presentación alguna. Ellas mismas se encargan de hacer su entrada triunfal cuando encuentran abierto un frasco de vinagre o topan con una fruta que comienza a descomponerse. Sí, esas pequeñuelas que rondan insistentemente lo que ha quedado fuera del refrigerador. Diminutas parientes de las moscas comunes que, a pesar de su abundancia y su tamaño, no han trascendido tan importantemente en el mundo de la ciencia como la Drosophila.


¿Te parece demasiado elogio para una mosca enana? Pues no, apenas lo justo. Resulta que la estructura de los cromosomas apenas se comenzó a conocer desde 1934. Esto es porque los cromosomas son de lo más pequeños, y por ello dificilísimos de observar. Ah; pero en la década de los años treinta, un investigador apellidado Painter descubrió que la larva de esta mosca tenía cromosomas gigantes en las células de las glándulas salivales.

Suena complicado, pero no lo es. Primer punto: las moscas vienen de larvas, ¿de acuerdo? Segundo punto: una larva es parecida a los gusanos de las frutas y que luego se transformarán en otra cosa mediante la metamorfosis. Bueno, pues resulta que las larvas de la Drosophila melanogaster tienen unas glándulas salivales —donde producen su saliva— inmensas para su tamaño. Y claro, glándulas gigantescas están formadas también por células enormes.

Curiosa contradicción, ¿no? Un bicho pequeñísimo con órganos grandísimos.

 

 

 

 

 

Y la ventaja mayor es que los genes de esas células —gigantes en comparación con las demás— son 150 veces más grandes y por lo tanto más fáciles de observar con el microscopio. Si pudieras alinear los 8 cromosomas que posee la Drosophila melanogaster, conseguirías una estructura de un poco más de dos milímetros. En cambio, alineando los 8 cromosomas de las células normales, apenas tendrías 15 micras.
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