Ramón
Cordero G.
¿Que
es por mi propio bien? ¡Ja! La mandíbula me duele de reír.
¿Que
tú lo sientes tanto como yo? Juar, juar... de nuevo me gana la
risa.
Frases
de los adultos bien conocidas y en las que cuesta trabajo creer. Pero...
¿y si tuvieran algo de cierto?
De
acuerdo, de acuerdo, parece que estamos en contubernio con la autoridad;
pero tan sólo para pensarle un rato, podríamos intentar
jugar con una fábula del dominio popular, un pequeño cuento
oído en la
calle
al pasar.
¿Te
late? ¿Conocerías la fábula del pollo, la vaca
y lobo? Pues adelante entonces.
Sucedió
todo en un una pequeña granja. La vaca pacía placidamente
en el establo con
la cara dentro del pesebre. Gallo, gallinas y pollos rascaban el piso
del patio en la búsqueda de algún gusano para merendar.
Los borregos tranquilos y los cerdos durmiendo. Todo era paz en el lugar.
De
pronto una sombra negra se hizo p
resente
en el medio del patio. Un lobo hambriento y feroz, aunque de no muy
buenos reflejos por causa de su edad.
Tiempo
tuvieron todos los animales de ponerse a salvo, menos el más
pequeño de los pollos. Pobre pollito, amarillo de plumas y amarillo
del susto: no era para menos.
El
pequeño avechucho apenas pudo reaccionar luego de la primera
dentellada que no atinó más que al aire. Corriendo por
todo el patio, pensó que la vida no iba a poder salvar en espacio
tan abierto.
¡La
vaca! ¡La vaca me podrá defender! ¡Una cornada o
una patada podrá poner a este lobo en su lugar!
