El chile puede clasificarse como fruta, verdura, baya o especia. Cada variedad produce un picor distinto: algunos pican instantáneamente otros revelan su presencia sólo cuando se degluten, otros más irritan la punta de la lengua o su parte posterior, y también hay los que incendian toda la boca.

 Los chiles tienen propiedades benéficas para la salud. Crudos contienen más vitamina C que una naranja o un limón y casi la mitad de la dosis de vitamina A que, según los nutriólogos, debemos de ingerir diariamente. Hay estudios que demuestran que la capsicina, que determina el picor, puede reducir la formación de coágulos en la sangre.

  
 

Cuando comemos chile el organismo se pone en estado de alerta: el corazón late más aprisa, hay mayor salivación, la nariz se humedece, el aparato digestivo se esfuerza más y se incrementan los niveles de sudoración.

El organismo trata de protegerse de la acción irritante de la capsicina y el cerebro libera endorfinas, es decir, analgésicos naturales. Como el chile no es nocivo, comer un pedacito es liberar endorfinas y este proceso continuo produce una leve euforia.

   Esto podría explicar por qué los aficionados al chile buscan variedades más y más picantes, hasta que ya no aguantan.

 El habanero, el chile más picante que se conoce, se da en la península de Yucatán, en el sureste de México. Cuando se come en grandes cantidades produce una leve sordera, que según la gente que lo come mucho, es para no oír los propios gritos de los enchilados comensales.

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 Diseño gráfico: Nora Espino

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