
Thelma Alcántara
A. |
Muchas personas cuando
salen de viaje a otros países llevan consigo salsas o, si es
posible, una lata con chiles. Incluso algunos astronautas estadounidenses
han hecho que se incluya la salsa picante en su comida.
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En
países tan lejanos como Hungría, India, Tailandia. China
y Corea, el chile es fundamental en su alimentación cotidiana.
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La compañía
Mcilhenny, de Avery Island, Louisiana, exporta anualmente más
de 100 millones de botellas de 60 mililitros de salsa Tabasco a más
de 100 países. Sus etiquetas están impresas en inglés,
chino, francés, alemán, griego, italiano, japonés,
español y sueco.
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Cada vez
son más las personas en todo el mundo que comen chile y el ansia
de hacerlo es como una adicción. Muchas personas que no toleran
el chile creen que las especies picantes echan a perder el paladar y
por lo tanto el sentido del gusto. Pero tal parece que es todo lo contrario,
ya que el chile contiene una sustancia química inodora llamada
capsina, que se aglutina con las células receptoras de la boca
y la sensibiliza al sabor de la comida.
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Al comedor
de chile no solamente le gusta el picor, sino que se vuelve adicto a
él. En el territorio que hoy ocupa México se come chile
desde hace 8 mil años. Los aztecas consignaron seis grados de
picor, los cuales iban de intenso a mortal. Pero fue el farmacéutico
Wilbur Scoville quien, en el año de 1912, inventó una
técnica para medir el picor del chile.
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Según sus mediciones,
el pimiento morrón se encuentra en el cero de dicha escala; el
chile jalapeño tiene entre 3 mil 500 y 4 mil 500 unidades; la
salsa Tabasco, entre 30 mil y 50 mil; una especie llamada en la India
“ojo de pájaro”, marca entre 10 mil y 125 mil; y
finalmente, el chile habanero de México alcanza la calificación
más alta con 300 mil unidades en la escala de Scoville.
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