
Este
trabajo es producto de la investigación acerca de significaciones sociales,
los valores y creencias en torno a la sexualidad en tres generaciones
de mujeres mexicanas: la abuela, la madre y la hija.
Las reflexiones que aquí se asientan parten de dos consideraciones prioritarias.
La primera consiste en el deseo de comprender alguna relación entre
condiciones sociales, culturales, institucionales y familiares con la
construcción y definición de los sujetos de sexualidad femeninos. Esto
es, aventurarse dentro de algunos aspectos entre los que se debate y
tensiona la subjetividad de las mujeres.
Se trata, por un lado, de internarse dentro de los modos en que las
mujeres se conciben, se representan, se entienden a partir del ejercicio
de su sexualidad, destacando las voces sociales que atraviesan sus decisiones
y sus dilemas frente a la sexualidad. Se busca conocer los paradigmas
que definen su ser sexual y las prácticas o instituciones cotidianas
que lo regulan y organizan. Por otro lado, se intenta explorar las formas
de resistencia que las mujeres mismas oponen a tales instituciones,
los cambios y permanencias de significaciones y sentidos que atienden
a la construcción de su ser como mujeres durante el proceso de tres
generaciones. En síntesis, el interés del estudio reside en indagar
las continuidades o discontinuidades dentro del propio proceso de subjetivación
de las mujeres. La segunda consideración que da sentido a estos planteamientos
se desprende de la ingente necesidad de apoyar la atención de la salud
de las mujeres, especialmente la referida al campo de la sexualidad
y la reproducción. Los grupos feministas mexicanos han incorporado como
motivos de lucha, de tiempo atrás, los problemas de la violencia sexual,
el aborto o el derecho a decidir sobre la fecundidad. Sin embargo, es
hasta fechas recientes cuando estos colectivos han efectuado acciones
dirigidas a debatir pública y políticamente la problemática de salud
de las mujeres (Ortiz-Ortega, 1995).
En las últimas décadas, a los malestares de salud de las mujeres se
agrega el serio problema del SIDA. En nuestro país domina una cultura
de género inequitativa, que se expresa en diversas formas de relaciones
desbalanceadas y asimétricas, como en el ejercicio de la sexualidad;
tales condiciones han situado a las mujeres en una posición muy vulnerable
frente al contagio de esta pandemia (Del Río, García, Valdespino, Liguori,
Rodríguez y Sepúlveda, 1995).
En la actualidad se reconoce que la problemática de la salud reproductiva
está íntimamente ligada y anclada en la diversidad de dimensiones sociales,
culturales e institucionales, desbordando las ideas que proponen contenerla
dentro de un estricto marco de atención médica. Aspectos como el ejercicio
de poder entre los géneros, desde donde se definen y perpetúan los comportamientos
sexuales, la apropiación del cuerpo como un campo de decisión personal,
la responsabilidad de la paternidad, las formas de negociación conyugal
y las posibilidades de acceso a la información son algunos de los elementos
que intervienen en este complejo asunto. Pero sabemos que no basta con
mencionarlos o reconocerlos como aspectos en donde se ancla la salud
reproductiva, sino que se hace necesario incorporarlos como razones
públicas desde las cuales pensar e imaginar otras perspectivas que ofrezcan
respuestas a las mujeres. Es necesario desmontar o desarmar las estrategias
y técnicas de poder del Estado (silenciamiento, naturalización, desviación,
exclusión) que individualizan los problemas públicos -en este caso el
de la salud sexual y reproductiva- y los reenvían al ámbito doméstico
reciclándolos dentro de las familias y las parejas como asuntos de responsabilidad
individual (Fernández, 1993).
En razón de lo dicho, pensamos que vale la pena dar cabida a las voces
de las mujeres, a las narraciones de sus experiencias, a los testimonios
que nos ofrecen para fundamentar y sostener propuestas que fragüen en
demandas dirigidas a las instancias sociales pertinentes. Asimismo,
que muestren las condiciones de vida de las mujeres, sus posibilidades
de decisión, las formas de negociación en la pareja, los autoritarismos
a los que se han visto sometidas y los caminos que algunas de ellas
han seguido para enfrentar y resistir severas imposiciones y mandatos.
Pensamos que la exploración sobre estos asuntos puede situar a las propias
mujeres en un lugar desde el cual mirarse y reconocer cambios efectuados
en sus condiciones de vida en familia y pareja, así como ilustrar, en
alguna medida, el proceso de ser sujetos de sexualidad.

inicio

Para
aclarar por qué este trabajo se interesa en la indagación de las significaciones,
valores y creencias de la sexualidad es necesario que hagamos algunas
precisiones. En primer término, pensamos que si bien la sexualidad está
sostenida en la maternidad corporal, su expresión rebasa por mucho este
ámbito. Es decir, que reconociendo la existencia de una capacidad física
que emana de la corporeidad y que se manifiesta mediante prácticas,
actividades y acciones en las que interviene el cuerpo, las formas de
expresión colectivas e individuales, particulares y singulares de la
sexualidad se despegan del origen biológico. Es decir, que la sexualidad
se trama y constituye con la participación de presupuestos culturales
y sociales, prácticas e instituciones con las que cobra sentidos específicos,
y desde los cuales se organiza y regula. Desde esta perspectiva la sexualidad
no obedece ni es la manifestación de un impulso biológico y natural
(Weeks, 1991); tampoco se restringe a formas universales y generalizables
de expresión. Por el contrario, entendemos la sexualidad como un entramado
diverso y particular de prácticas, acciones, técnicas, placeres, y deseos
en los que interviene el cuerpo, pero también una serie de argumentaciones,
discursos, premisas, significaciones que connotan las acciones de los
individuos, califican sus deseos, orientan sus tendencias y restringen
sus elecciones placenteras o amorosas.
Al entender la sexualidad o las sexualidades como modalidades de expresión
cultural, no es inconsecuente imaginar que participan y se constituyen
dentro de los procesos simbólicos, entre ellos el lenguaje. Al aceptar
que la sexualidad está configurada dentro de este universo -reconocido
como el soporte fundante de la cultura (Geertz, 1991)- es fácil comprender
que las significaciones, los valores, y los sentidos adscritos a la
misma, estén imbricados en las autopercepciones de los individuos, en
su ser sexual, en sus atribuciones, en sus identidades sexuales, es
decir, aparecen constituyendo a los sujetos de sexualidad.
A partir de estas consideraciones, es necesario indagar sobre las significaciones,
valores y creencias de la sexualidad, pues el montaje de las prácticas
sexuales, de las elecciones y decisiones, de las posibilidades de negociar
frente a la pareja y de exigir una serie de respuestas que atiendan
las demandas de salud sexual y reproductiva de las mujeres, está sostenida
en gran medida en estas construcciones. Tales creaciones y producciones
de sentido adquieren una eficacia tanto o más poderosa que algunos efectos
logrados por el mundo de la materialidad. Son estrategias que regulan
y administran con gran eficiencia el tipo de prácticas prescritas y
proscritas (en este caso de orden sexual) para una cultura en particular.
Así se crean, en buena medida, los modelos sexuales paradigmáticos frente
a los cuales hay que medir nuestros atributos y cualidades, nuestros
deseos y placeres, nuestras prácticas y acciones, tornándose parte de
nuestra identidad y subjetividad (Foucault, 1978, 1981, 1986, 1990;
Weeks, 1993).

inicio
,
el contexto familiar1
Para
iniciar este apartado nos parece necesario mencionar, en primer término,
que el carácter del estudio se centró en los códigos sociales sobre
la sexualidad y por tanto las singularidades personales de las mujeres
se diluyeron sustancialmente. Bajo estas condiciones, las valoraciones
y percepciones en torno a la sexualidad resultaron emparentadas entre
las distintas localidades (ciudad de Oaxaca, San Miguel Allende y el
Distrito Federal) y el elemento relevante para el análisis se centró
en las diferencias encontradas a partir de la edad y los estratos socioculturales.
Dominaron las significaciones apuntaladas en códigos morales y religiosos
y aquellos imbricados con la cultura de género. Desde esta perspectiva,
no se consideró oportuno hacer una contextualización relativa a cada
una de las familias sino crear algunas referencias y escenarios más
generales atinentes a las generaciones y los niveles socioculturales.
En segundo lugar, debemos reconocer la imposibilidad que se tuvo para
ubicar a las familias y generaciones dentro de rangos económicos precisos.
Es indudable que el propio cambio y las condiciones del país generaron
alguna movilidad social en las familias de menores recursos logrando
mejores condiciones de vida. En contraste, en las tres generaciones
pertenecientes a las clases acomodadas las variaciones económicas oscilan
mucho menos.
Por último, el estudio se ubicó dentro de una perspectiva cualitativa
e interpretativa que no buscó generalizar los hallazgos, adquiriendo
su sentido en razón de la particularidad del campo abordado. El instrumento
prioritario para recabar la información fue la entrevista individual
a profundidad. Se trató de entrevistas de tipo abierto, que exploraron
temáticas en torno al ciclo vital (niñez, adolescencia, cortejo, noviazgo,
matrimonio y conyugalidad).

inicio

Las
narraciones de las abuelas señalan que los referentes católicos, religiosos
y eclesiales organizaron en gran medida sus experiencias sociales y
familiares, adquiriendo un carácter predominante en sus vidas. La obediencia
total a la palabra del padre o del esposo, de la cual hablan estas mujeres,
rememora el vínculo de sumisión y obediencia a las jerarquías eclesiales.
Asimismo, los eventos y festividades colectivos estaban relacionados
con el mundo religioso y varias de sus actividades cotidianas también
se regulaban por estos rituales y prácticas. Como lo confirman algunas
mujeres, las visitas a los templos y la asistencia cotidiana al culto,
ofrecían a las abuelas oportunidades de observar y ser observadas por
los pretendientes y alentar futuras relaciones amorosas. Estos escenarios
concuerdan claramente con las descripciones que tanto Julia Toñón como
Marta Eva Rocha nos hacen en El álbum de la mujer (Tuñón, 1991; Rocha,
1991).
Las abuelas hablan de familias numerosas (descendencia hasta de 15 y
17 hijos), en su mayoría de tipo ampliado, que además de estar constituidas
por padres e hijos, incorporaban en su seno integrantes muy cercanos
como los abuelos o personajes con parentescos en segundo o tercer grado.
Las familias de origen de las abuelas mantenían un régimen autoritario.
A excepción de una de ellas, el resto evoca imágenes de intercambios
totalitarios, prácticamente de vasallaje. La severidad de las imposiciones
paternas y maternas oscilaba desde la violencia verbal y corporal, las
amenazas castigos y prohibiciones, hasta formas muy complejas de reconvenciones
morales y pedagógicas.
Es importante destacar que las descripciones de las abuelas califican
el vínculo de sus padres como francamente asimétrico. La madre en una
posición de sometimiento e inferioridad frente al padre, pero mediadora
en las relaciones entre sus hijos y la autoridad de su esposo. Si bien
sus madres administraban la esfera doméstica y la atención directa de
su descendencia, eran los padres quienes frecuentemente imponían el
tipo de relación en el hogar. Los vínculos familiares de las clases
acomodadas corresponden muy estrechamente a los que Josefina Muriel
destaca en su texto relativo a la familia criolla novohispana (Muriel,
1991).
Asimismo, las escenas y narraciones denotan interacciones escasas con
el entorno exofamiliar a excepción de otros grupos familiares y amistades
que estaban en correspondencia cultural y moral con ellas. La educación
de los hijos, especialmente de las mujeres, se realizaba celosamente
dentro del ámbito doméstico. Las abuelas de clases acomodadas mínimamente
participaban del ambiente escolar y de algunas festividades sociales
y eclesiásticas. Las de escasos recursos dicen haberse mantenido más
estrechamente ligadas a las figuras paternales, apoyando en las labores
del hogar o en el trabajo agrícola del padre. Las amistades, las salidas
y las visitas eran controladas severamente por los padres, argumentando,
por un lado, el beneficio de mantenerse estrictamente en familia y por
otro el riesgo exterior que amenazaba con la pérdida de la virginidad
de las mujeres, el robo y la disolución de la integridad familiar.
Bajo esta organización religiosa cerrada y autoritaria, con pocas oportunidades,
especialmente para las mujeres, no es casual que los matrimonios de
las abuelas, excepto en un caso, hayan sido bendecidos por el sacramento
eclesial y para toda la vida. Además, explica que las abuelas no hayan
tenido un nivel de instrucción mayor de primaria y carreras técnicas,
que algunas hayan desertado de las escuelas y que dos de ellas fueran
analfabetas.

inicio

En
la segunda generación permanece una serie de valores apuntalados en
familias constituidas bajo los mismos preceptos rígidos y autoritarios
de las jerarquías parentales. Los cortejos amorosos continúan severamente
ritualizados y controlados por los padres y persiste la vigilancia social,
como en el caso de las abuelas. Se preservan los matrimonios organizados
dentro de los preceptos paternos y religiosos, con una tajante división
de las tareas entre los géneros. Es importante mencionar que si bien
las mujeres de esta generación aceptan que sus vínculos conyugales no
resultaron lo esperado y deseable, sólo una de ellas asumió sus conflictos
y rompió la relación después de 28 años de matrimonio.
Estas mujeres también relatan las experiencias de su niñez en familias
de corte autoritario y con alta fecundidad. Sin embargo, el autoritarismo
parental no prevenía directamente del padre, sino de la madre, quien
lo imponía con eficacia debido a la frecuencia del alejamiento del padre
de la organización y control familiares y mencionan que la presencia
paterna en el hogar se había diluido al relegar en la madre la atención
del desarrollo de su prole. Sólo en los dos ejemplos de madres de menores
recursos, el dominio y la presencia paterna continuaban.
Aunque se encuentra una cierta continuidad entre estas dos generaciones
respecto a los valores familiares y de género, también se observan algunos
cambios. Éstos se pueden vincular con la irrupción del proceso de industrialización
en el país, la urbanización creciente, las migraciones rural-urbanas,
la penetración de modelos culturales extranjeros, los avances tecnológicos
como la radio, el teléfono y la televisión y los inicios de la anticoncepción.
Esta generación desarrolló otras formas de negociación frente a los
maridos y regulaba las interacciones familiares de otra manera.
En buena medida, la fragmentación arbitraria y ficticia entre lo público
y lo privado, que predominó en el mundo de las abuelas, dejó de tener
un sentido totalizador para esta generación. Algunas de sus experiencias
íntimas trascendieron el ámbito familiar o estrictamente personal y
se tornaron territorios más abiertos a la influencia de los medios y
a la coexistencia social. Si las abuelas escasamente dialogaban con
los agentes del conocimiento especializado (sólo una de ellas hablaba
directamente con los médicos sin mediación alguna del marido u otra
persona) y sus referentes fundamentales eran los discursos y personajes
religiosos y familiares, las madres, aunque reflejan tales modelos,
incorporaban otros referentes además de los morales. Se aprecia un proceso
lento de secularización, en donde coexisten valores religiosos con aspectos
de la modernización cultural y se crea una mezcla interesante, aunque
tendente a preservar la moralidad internalizada.

inicio

En
la generación de las hijas es donde se observan los cambios más acelerados.
Ellas han vivido dentro de un panorama social más complejo en el que
coexisten una serie de tendencias diversas y contradictorias.
Es así que aunque sus primeras experiencias en familia están ligadas
a costumbres tradicionales, algunas decisiones tomadas durante su juventud
y adultez se alejan de tales experiencias. Vemos por un lado
que la organización de su familia de origen transcurrió dentro de una
visión apegada a la institución matrimonial y su indisolubilidad. Sin
embargo, cinco de estas siete mujeres tuvieron relaciones sexuales antes
del matrimonio y de las cinco casadas, dos disolvieron sus vínculos.
Estas entrevistadas mencionan que el peso de la religión se ha atenuado
en su vida y que muchas de sus percepciones y referencias en torno a
la sexualidad son atribuidas básicamente a visiones familiares o personales
que procuran su beneficio y se ocupan del cuidado de su persona. Transgredir
las reglas
morales no es poner en cuestión su lugar frente a la vigilancia eclesiástica
y religiosa, o la defensa del
honor de la familia, como ocurría en el caso de las abuelas y las madres.
Si las hijas se preocupan del cuidado de su imagen es a partir de la
apreciación que las madres hacen de ellas.
Es posible que esta disminución en el peso de la vigilancia social respecto
a sus conductas esté ligado a diversas condiciones entre las que se
enumeran las siguientes:
Por un lado, es notable en esta generación el avance en su instrucción
escolar, ya que cuatro de sus integrantes se incorporan a estudios superiores.
Por otro, todas ellas han ingresado de una u otra forma al mercado de
trabajo y sólo dos lo han hecho temporalmente. Además debemos considerar
el llamado
proceso de atomización social en el cual esta generación se ve inserta,
con la consecuente independencia de los vínculos comunitarios y una
percepción de sujeto individual desligado del ámbito colectivo. Todo
ello es resultado del proceso de modernización y del impacto del capitalismo.
Por último, cuando hablan de las distintas instancias sociales en las
cuales participan, tales como trabajo, amistades, espectáculos, medios,
deporte, salud, etc., ponen de relieve la existencia de un sistema de
vida en donde la tríada institucional que regía la vida de sus antecesoras
-religión, escuela y familia- ha dejado de operar con la misma fuerza
y eficacia que antaño.
Por otra parte y con relación a la familia, estas mujeres marcan un
cambio significativo en los vínculos familiares y una nueva posición
de la figura femenina. Esta generación habla de la ausencia paterna
ya sea por motivos de trabajo, salud, adicciones, concubinatos y hasta
la muerte, y coinciden en que la madre es quien dirige prácticamente
la organización del hogar y la educación de los hijos. En tres de los
siete casos, sus madres fueron jefas de hogar y fueron las fuentes de
mayores aportaciones económicas, dada la incapacidad o ausencia paterna.
Si bien algunas de las hijas relatan una relación paterno-filial autoritaria,
en la que se emplea incluso
la fuerza física, emerge otra imagen de autoridad moral menos ligada
a la coerción y al autoritarismo
extremo de las otras generaciones. En cinco de las siete hijas, esta
forma de autoridad está centrada
en la madre y se deriva específicamente del reconocimiento de un maternaje
muy cercano y eficaz o del monto del sacrificio y sufrimiento que se
requiere para llevar a cabo estas tareas: ser jefas de familia o impulsar
el desarrollo de sus hijos, a veces en contra de los propios maridos.
Dada esta posición y función de sus madres, las hijas mencionan el cambio
dentro de las relaciones familiares como una correlación de fuerzas
más balanceada entre los cónyuges y en ocasiones hablan de una asimetría
contraria a las funciones tradicionales parentales y conyugales. Algunas
de estas entrevistadas mencionan que son sus madres las que imponen
los estilos en la relación familiar. No sólo negocian y acuerdan con
los maridos, sino que ahora claramente disienten y se resisten a las
modalidades de gestión masculina, aun frente a
los hijos. No es casual que en boca de alguna de ellas se califique
el vínculo conyugal y familiar como un matriarcado.
El discurso de las hijas expresa la complejidad social de nuestra modernidad,
en el que se refleja el
impacto de los medios de comunicación y en el que los avances tecnológicos
se aprecian de manera significativa.

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A
riesgo de simplificar los fenómenos y en la imposibilidad de capturar
la complejidad de los traslapamientos, fracturas y secuencias en torno
a las narrativas sobre sexualidad, podemos destacar tres tipos de discurso
relacionados con cada una de las generaciones. En primer término, el
mundo de las abuelas está regido por los preceptos del silencio-secreto,
en donde se procura desviar y evitar a toda costa cualquier enunciación
que remita a la sexualidad como tal. Se crea un discurso en contra,
no sólo prohibitivo sino prescriptivo, que divide tajantemente a la
sexualidad en buena y mala. La primera es ejercida sólo dentro del matrimonio
con fines procreativos y está ligada y asociada al marianismo y al sacrificio.
La segunda se configura fuera de este ámbito, sin motivos procreativos
y está relacionada con escenarios abyectos y siniestros. En este desgajamiento
de la sexualidad se enlazan, por un lado, las imágenes santificadas
de la pureza y la espiritualidad, que ponen en entredicho la condición
animal e instintiva de la carne. Simultáneamente se magnifican las escenas
de violencia, temor, vergüenza e indecencia que se dirigen al cuerpo,
a sus sensaciones y emanaciones, asociándose a su vez con las significaciones
de perversidad, promiscuidad y maldad. De esta forma, el placer y el
deseo se constriñen dentro de funciones sociales enaltecidas, tales
como la maternidad y el cuidado de los otros.
Para las abuelas es casi impensable otro deseo u otro placer que el
amor tierno y sacrificado hacia el marido y los hijos, radicando en
estas virtudes su fortaleza y su debilidad. Asimismo, el amor de los
otros y el sacrificio se convierten en valores y significaciones a partir
de los cuales se configuran sus experiencias y dotan de sentido su vida.
Pensamos que en los ejemplos de las abuelas, más que una experiencia
de frustración respecto del deseo y el placer sexual, hay una desviación
en la que no parecen estar detectados ni constituidos como registros
pensables y por tanto posibles de ejercer. Ahora bien, las abuelas resuelven
sus contradicciones entre una percepción de la sexualidad como fuerza
transgresora a sus ordenamientos religiosos y la obligación de responder
a los requerimientos del marido, con la aceptación, reconocimiento y
obediencia al mandato del débito conyugal y la procreación.
Para las abuelas de estratos acomodados, el imaginario corporal infantil
es un cuerpo "blanco" y "puro", sin nexos con la sensualidad o el placer
sexual. Es un cuerpo lúdico pero asexuado, depositario y contiene de
las almas "angelicales" de los niños: Para las de estratos bajos, el
cuerpo infantil ni siquiera se asocia a la ludicidad, dado que su experiencia
infantil se organizó en torno al trabajo y la necesidad de sobrevivencia.
En este grupo social, las tareas físicas excesivas y el esfuerzo corporal
diario se imponen como sus modos de vida, de manera que tanto en atributos
de género como el propio cuerpo están ligados a los asuntos de trabajo.
El esfuerzo, en algunos casos avasallador, en conjunto con los silencios
y prohibiciones, hacen comprensible que estas mujeres tuvieran pocas
posibilidades de reconocer los cambios puberales y aun aquellos suscitados
durante los primeros embarazos.
Dentro de la conyugalidad, las prácticas sexuales de las abuelas toman
la forma tradicional de la sexualidad reproductiva. Las pocas que hablan
en torno a los estilos practicados (dos de ellas de nivel acomodado)
mencionan que eran conservadores, la forma "natural" y "normal" de hacer
el amor. Señalan que les disgustaban las caricias novedosas y que preferían
las prácticas conocidas y aceptadas. En general, estas mujeres comentan
que el disfrute sexual es asunto de los varones. Todas coinciden en
que son ellos los activos, los que están dispuestos a los intercambios
frecuentes y los imponen sobre el gusto o disgusto de la mujer. Corroboran
la idea de que el deseo y el impulso sexual es consustancial a la naturaleza
"animal" del hombre y que sólo las mujeres de moralidad dudosa son las
que se complacen en la sensualidad y disfrutan del orgasmo.
Sin embargo, algunas de estas mujeres hacen consideraciones en torno
al amor conyugal que les autorizan a disfrutar, en alguna medida, el
intercambio sexual, y se relaciona, como lo menciona Bataille, con el
erotismo del corazón (Bataille, 1992). Éste consiste en una fusión espiritual
sentida frente al amor tierno, una especie de acompañamiento y simpatía
moral, que prolongaría los encuentros corporales y hará menos penosa,
y pro momentos gratificante, la aceptación del encuentro. Podemos pensar
que a pesar de la renuncia corporal, las condiciones del enamoramiento,
de la espera forzada por la vigilancia social, producían también fantasías
y pasiones que se cumplían, de alguna manera, en el vínculo amoroso
de estas mujeres.

inicio

En
los relatos de las madres se evidencia que con el cumplimiento de la
maternidad se facilitan algunos cambios en la percepción de la sexualidad,
que es distinta a la de las abuelas, y sus vidas transcurren en medio
de importantes transformaciones en la sociedad. A lo largo del ciclo
de vida de esta señoras se imponen cambios sociales sustanciales respecto
a los cambios demográficos y la posibilidad del control natal. Las familias
flexibilizan sus fronteras y se abren a los intercambios y mensajes
sociales. Asimismo, la Iglesia reformula el carácter de alguna de sus
instituciones, como el mismo débito conyugal, y se identifican procesos
de laicización de los propios preceptos eclesiales en torno a las relaciones
conyugales. En conjunto con lo anterior se facilita la introducción
de información médica especializada y por último, existe anuencia y
necesidad de intercambio informativo entre esta generación y su sucesora.
Tanto las mujeres de clases acomodadas como las de niveles populares
indican que la asociación dominante respecto a la sexualidad seguía
siendo el pecado o algo "malo" que se tenía que evitar. Al igual que
entre las abuelas, la "sabiduría" era inaceptable y el secreto se justificaba
y sostenía en la ética moral religiosa. Sin embargo, aquí la curiosidad
no se niega de manera tan tajante, y la posibilidad de pensar en la
sexualidad empieza a ser existente en estas mujeres. Algunas aceptan
el deseo de saber asuntos atinentes a la reproducción y el nacimiento
de los niños. Sin embargo, en sus comentarios se desliza la culpa por
los intentos de indagar y el peso moral que ellos conllevaban.
En torno al cuerpo, todas estas mujeres niegan, en general, las sensaciones
y curiosidad corporal en la infancia, así como el despertar de la pubertad.
Pero a la imagen disociada de un cuerpo inmaculado o satanizado agregan
la perspectiva del cuerpo "natural", producto, también, de los designios
de Dios. La evocación de la naturalidad biológica induce a una supuesta
displicencia ante la aceptación de una maternidad que nos acompaña y
de la que no podemos renegar. En esta generación, a pesar de la ignorancia
sobre la sexualidad conyugal y el peso del débito, los relatos de las
madres mencionan con más énfasis el gusto por las relaciones sexuales.
Al parecer, hay indicios de ser más proclives a la aceptación del encuentro
sexual que a su rechazo, y al intento de buscar opciones para disfrutar
más allá de la esfera exclusivamente amorosa.
Es interesante mencionar que aquellas mujeres (tres de distintos estratos
sociales) que por motivos de muerte o salud de los maridos tuvieron
que suspender tempranamente las relaciones sexuales mencionan que extrañan
intensamente los intercambios y refieren la experiencia coital como
necesaria para su salud y bienestar.
Sin embargo, sus descripciones inducen a pensar que los encuentros estaban
regidos por la costumbre de la sexualidad reproductiva y por la inducción
masculina que se centraba en la genitalidad. Aparece, también, la desconfianza
hacia el marido cuando propone distintas prácticas sexuales que no coinciden
con sus costumbres y tradiciones. La diversidad de posiciones y caricias
se asocia al ámbito prohibido de la prostitución, la infidelidad y la
indecencia. La sexualidad marital mantiene una reglamentación ligada
a la reproducción y a la familia.
Ahora bien, estas mujeres destacan claramente otras consideraciones
distintas de las morales que intervenían en contra de la emergencia
de su deseo y la satisfacción de su excitación. Mencionan como un hecho
reiterado la preocupación por los embarazos y, dadas las nuevas formas
de vida familiar, las dificultades con la pareja, las condiciones económicas
y el peso de la crianza. Señalan que la preocupación por tener nuevos
embarazos muchas veces las hacía renunciar a los encuentros y a la satisfacción
corporal. El peso de la decisión de la fecundidad recaía en manos de
las madres, contrariamente a lo sucedido con las abuelas. Las pocas
opciones de anticonceptivos y la prohibición de los mismos dificultaban
la espontaneidad de los encuentros. Varias mencionan como una opción,
el ritmo, medida que no era respetada por los maridos y que además no
tenía ninguna seguridad. Por otro lado, la práctica del coito interrumpido
generaba en alguna de ellas tensiones y disminuía su satisfacción, a
pesar de la mención a "acostumbrarse" a esta práctica.
Por último, permanece en estas mujeres la posibilidad de que demuestren
su deseo y soliciten su satisfacción al cónyuge. Consideran inapropiado
y una falta de dignidad el que la mujer abra tan explícitamente la asunción
de su deseo. El orgullo femenino y su poder están constituidos por el
dominio de su cuerpo y sus sensaciones. No sólo aparece la imagen de
la mujer asexuada que deniega sus impulsos bajo un manto de pureza,
como las abuelas, sino una cualidad de control y fortaleza frente a
la animalidad masculina.

inicio

En
las hijas permanecen resabios del imaginario social de sus antecesoras
en torno a la sexualidad. Sin embargo, las significaciones morales que
las regían -productos de la influencia eclesial y religiosa- se desvanecen
para emerger apuntaladas en las diferencias de género. Este dato no
plantea la ruptura tajante entre una concepción y la otra, sino el posible
deslizamiento de los significados religiosos a una nueva moralidad secularizada
que en algunos asuntos perdura y orienta a estas mujeres en sentidos
parecidos al de sus ascendientes. Es posible que este proceso de secularización
mantenga valores morales que ahora se mezclan con concepciones de la
cultura moderna, de los discursos especializados y de la legalidad jurídica
sobre asuntos de sexualidad reproductiva. Por ello, es comprensible
que las hijas pudieran ampliar y profundizar sobre asuntos del erotismo,
el deseo y el placer de la sexualidad.
El discurso de las hijas se soporta en un derecho a saber sobre sexualidad
y hasta dialogar sobre asuntos dentro de la pareja, aspectos prácticamente
inexistentes para las abuelas y las madres. A su vez, la imagen del
cuerpo ha dejado de sostenerse en la idea de un cuerpo sagrado o de
trabajo. Aunque permanecen significaciones de una corporeidad sucia
ligada con la animalidad, coexiste junto con esta idea la concepción
de la sensualidad y la naturalidad biológica del organismo. Las hijas
aluden a los preceptos de sus antecesoras como aquellas referencias
que hay que subvertir, sin ser asumidas como verdades últimas.
Estas mujeres critican el énfasis puesto en calificar el cuerpo como
obsceno y cuya finalidad última es provocar la insidia y lascivia masculina.
En esta operación crítica, subyace una mirada laicizada que, de una
u otra forma, está ligada a los discursos más liberales de la Iglesia.
Un cuerpo biológico, representación de la naturaleza y de la creación
divina, cuya materialidad es aceptada y por lo tanto no vergonzante.
Un cuerpo digno por haber sido construido a imagen y semejanza del creador.
Un cuerpo púdico que puede mostrarse en familia, a pesar de las diferencias
sexuales, adultas e infantiles y cuya imagen no incita a la precocidad
ni a la perversión. Por otra parte, emergen algunas referencias que
pensamos se ligan con los significados construidos por la publicidad:
el cuerpo objeto sexual o higienizado por los discursos especializados
del deporte y la moda con el cual hay que compararse. No en vano, algunas
de ellas, especialmente las más jóvenes, hablan de sus preocupaciones
en torno a las medidas corporales y la necesidad de mantener su cuerpo
dentro de las dimensiones estipuladas.
En esta generación se expresa claramente la diferencia en torno a la
iniciación de las relaciones sexuales. A pesar de que algunas abuelas
y madres huyeron con la pareja o fueron robadas antes de legalizar el
vínculo, ninguna acepta haber tenido contacto sexual antes del matrimonio.
En el caso de las hijas, cuatro de las siete entrevistadas iniciaron
relaciones con anterioridad, aunque tres de ellas las cristalizaron
en el matrimonio. Sólo una entrevistada, la más joven, comenzó sus vínculos
con la intención de conocer al cortejante, con el que no mediaba propósito
matrimonial sino de intercambio amoroso y deseos de probar la experiencia
sexual. Es indudable que para estas mujeres la legalidad matrimonial
continúa siendo el elemento fundamental sobre el que se finca la buena
relación de pareja y el espacio adecuado para legalidad matrimonial
continúa siendo el elemento fundamental sobre el que se finca la buena
relación de pareja y el espacio adecuado para legitimar el vínculo sexual.
Aunque esta situación expresa nuevos tipos de relación y una percepción
distinta a las abuelas y las madres, las decisiones no están montadas
en la racionalidad, ni en la estricta voluntad de las mujeres, es decir
es su elección. Es significativo observar cómo las prácticas sexuales
iniciales no son planteadas, y justamente esta condición es lo que las
reivindica frente a ellas mismas y a los padres. La sexualidad no debe
regirse por la planeación o el proyecto, sino ser motivo del azar, de
los efectos y de las emociones. Si acontece como asunto de la naturaleza,
en el sentido de la creación de Dios o de la efervescencia de los impulsos
naturales, queda eximida de premeditación y por tanto de indignidad.
Esta situación aventura la premisa, frecuentemente encontrada en otros
estudios, que dicta que planear la sexualidad es indebido y que actuarla
es condición humana.
A diferencia del proceso seguido por las abuelas y las madres, estas
mujeres se miden moralmente con la imagen de la progenitora, a quien
suponen dañar en sus afectos si infringen las normas. Su preocupación
se relaciona, directamente, con la traición y deslealtad a los esfuerzos,
desvelos y sufrimientos maternos, más que con las prohibiciones y prescripciones
eclesiales o con la vigilancia social. Algunas de ellas deben reparar
la falta "regenerándose", es decir, aceptando voluntariamente, y no
bajo la presión de la sociedad, la vía de la legalidad matrimonial y
la elección de un cónyuge decente y respetuoso, que pueda ser orgullo
familiar.
En contraste con algunas abuelas y madres, quienes deseaban mejorar
sus relaciones pero encontraban imposible modificar los patrones conyugales
por la asimetría rígida existente, las hijas tienen condiciones para
hacer cambios sin provocar sospechas en los cónyuges. Por lo menos tres
de ellas toman parte más activa durante el contacto físico. No sólo
mencionan el disfrute del orgasmo, sino el gusto por innovar y fomentar
la creatividad prolongando los encuentros. Con lo anterior rompen el
mito de que la sexualidad femenina se rige por el orden masculino y
rescatan la expansión de la sensualidad femenina, sugiriendo que los
mismos varones la adopten. Rehusan constreñirse a los patrones masculinos
de la genitalidad, cuya expresión la sintetizan en la velocidad y la
penetración inmediata. Proponen que la pareja se sume a su creatividad
y soltura, dejando la velocidad y restricción de sus prácticas.
Es necesario destacar que si bien existe autorización en torno al deseo,
placer y erotismo, ellos quedan acotados dentro de la esfera matrimonial
de la pareja heterosexual. Varias de estas mujeres niegan contundentemente
recurrir a la masturbación como una actividad sustituida o complementaria
al encuentro sexual. El erotismo, mientras se practique dentro de las
relaciones maritales, es autorizado y deja de contravenir las reglas
de la moralidad cristiana, para tornarse un ámbito aceptado y necesario
en las nuevas parejas.
A pesar de que persisten obstáculos para que las mujeres construyan
y expresen sus propias modalidades sexuales, e incorporen en la relación
su capacidad sensual y su sensibilidad, han creado prácticas resistenciales,
que si bien anteriormente se habían centrado en el desarrollo de la
capacidad amorosa, ahora parecen constituirse en otros contrapoderes.
A pesar de las constricciones a las que han estado sometidas, han generado
espacios de disfrute que las han sostenido y apuntalado con indudable
fortaleza. El amor, para estas mujeres, sigue orientando el rumbo de
la sexualidad. En la tercera generación se expresa el deseo de entretejerlo
con el erotismo y el placer.

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reflexión indispensable para la comprensión de las prácticas sexuales"
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Colegio de México, México, 1998. Pp. 137-154.
* Este trabajo está tomado del reporte
final de investigación denominado "Cambios y permanencias en la sexualidad
femenina: un estudio de tres generaciones". Esta investigación fue auspiciada
por The Population Council y se encuentra en proceso de publicación.
1 Contexto familiar .Se
entrevistó a siete familias, tres en la ciudad de Oaxaca, dos en San
Miguel Allende y dos en el Distrito Federal. Tres familias de estratos
acomodados, dos de medios y dos de bajos. Las edades de las abuelas
oscilaron entre los 63 y 85 años, las madres de 46 a 63 y las hijas
de 20 a 38; 19 mujeres casadas con hijos y dos solteras sin hijos. En
las primeras y segundas generaciones hay dos mujeres analfabetas, una
sin escolaridad, dos con primaria completa, y el resto con secundaria
o carreras técnicas. Sólo en la tercera generación hay tres mujeres
con estudios profesionales.

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