Ramón Cordero G.

¿Cuántas veces hemos visto a Tarzán viajando por las copas de los árboles? Qué emoción cuando, sujeto de una liana, cuelga de uno a otro lado el hombre mono, deslizándose para acá y para allá como relámpago que no toca el piso. Lianas como cuerdas, casi trapecios selváticos que le permiten llevar a Jane en la espalda de uno a otro monumental tronco.

Ese grito que llena la floresta, que convoca al león y al elefante. Alarido salvaje que aterra a los cazadores furtivos, sus enemigos.

¡Ahaaaaaaaaaaaaahahahahahahaaaaaaaaaaaaa!

¿Sí? ¿Muy emocionante?

¡Pues son patrañas!

Viajando por las lianas, el único grito que podría dar Tarzán, sería de dolor al caer de cabeza en el piso.

¡Zas! ¡Tremendo trancazo!

¿Kringa bundolo? ¿Otro de sus llamados en el idioma de los grandes simios, sus hermanos?

Nada de nada: son los balbuceos que le salen después de la última caída de una liana. Caramba, que el hombre mono ha quedado atarantado. Es una desgracia que los escritores no sepan de botánica, y una catástrofe que los directores de cine desconozcan la historia natural. Y es que las lianas parecen cuerdas, pero no lo son, simplemente son lianas y por ellas no podría viajar el pobrecito Tarzán.

Pero si lo hemos visto miles de veces balanceándose de un árbol a otro. Ágil como un mico, rápido como el Tam Tam de los tambores africanos.

Pues en película será.

¿Y por qué en una liana no puede viajar? Es tan claro como el agua: las lianas son plantas de cualquier selva tropical. Las hay en Chiapas, Veracruz, Tabasco, Campeche y varios estados más. África no tiene la exclusiva. Pero, bueno: más allá de la especie de liana y de su nacionalidad, como plantas que son, se encuentran ancladas en tierra. Con sus raíces bien puestas... ni modo que se desprendan porque Tarzancito va a pasar.

 
 

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