Ah, pero
algo se le ocurrió a la amiga. Si el problema era la comida, nada
más sencillo que despertar nuevamente el apetito de los animalitos
con suculentas migas de pan, algunas semillas y algo del desperdicio de
la mesa familiar.
Dicho y hecho. A partir de ese día, con mucha constancia y paciencia,
Tere depositaba un pequeño montoncito de comida en el balcón
y otro a mitad del jardín. Como era de esperarse, los antiguos visitantes
regresaron poco a poco. Nuevamente eran una constante los estridentes conciertos
matutinos y las ocasionales riñas de alada vecindad.
Un día en que Teresa arrancaba una mala hierba aquí, resembraba
un brote allá y enderezaba algún tallo, hizo un encuentro
macabro.
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En uno
de los rincones, en medio de algunas piedras, pudo ver un cúmulo
de plumas, los restos de lo que debieron ser las alas y la cola de un
gorrión. Hallazgo desagradable que la hizo pensar en esa ley de
la naturaleza que, inevitablemente, hace llegar la muerte a todo aquello
que antes estuvo vivo. Pero, bueno: luego de colocar algo de tierra sobre
los despojos, se consoló con la bulla de los huéspedes.
Era tan agradable la vida en ese jardín, que poco a poco fue atrayendo
a nuevos visitantes. Otras especies de aves distintas, pero también
a varios gatos. Tere estaba francamente encantada, sin habérselo
propuesto: había logrado crear, en medio de la ciudad, un oasis
natural.
Sin embargo, algo no
estaba bien. Los descubrimientos de plumas y huesos se volvieron mucho
más frecuentes y comunes. La razón... desconocida. |