Ramón Cordero G.

Una de las cosas que más gustó a Tere cuando llegó a su nueva casa, fue la cantidad de pájaros —especialmente gorriones— que visitaban su jardín y balcón.

Durante los meses en que la vivienda había permanecido vacía, el mundo vegetal del patio y las macetas se había dado a la tarea de crecer caprichosamente, dando lugar a algo bastante parecido a una selva en miniatura. Esa era la razón por la que las aves se hicieron visitantes tan asiduas. Caracoles, escarabajos, arañas e insectos proliferaban a granel, y por lo tanto también la comida de los pequeños voladores.

 
Claro que un jardín no podía permanecer en esas condiciones, a riesgo de que la hiedra invadiera todos los muros, en las grietas comenzaran a crecer algunas plantas y la casa terminara con un serio deterioro. Teresa decidió que arreglaría un poco: tan sólo lo necesario como para mantener a raya el mundo vegetal, pero respetando lo que la naturaleza, de manera espontánea, había dejado crecer.

Poco hizo, pero la presencia humana de inmediato provocó la emigración de muchos de los insectos, moluscos, gusanos y arácnidos. Por supuesto que la falta de manjares también espació la visita de gorriones, palomitas de San Juan y uno que otro verdín.
 

—Uy, qué lástima —pensaba Teresa—: tan bonito, tan lleno de vida que se veía esto.

Comenzó a extrañar los picoteos en los cristales y los pleitos arrabaleros que, de rato en rato, ocupaban antes a algunos malhumorados pajarillos.

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