Ramón Cordero G. |
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Claro
que un jardín no podía permanecer en esas condiciones, a riesgo
de que la hiedra invadiera todos los muros, en las grietas comenzaran a
crecer algunas plantas y la casa terminara con un serio deterioro. Teresa
decidió que arreglaría un poco: tan sólo lo necesario
como para mantener a raya el mundo vegetal, pero respetando lo que la naturaleza,
de manera espontánea, había dejado crecer. Poco hizo, pero la presencia humana de inmediato provocó la emigración de muchos de los insectos, moluscos, gusanos y arácnidos. Por supuesto que la falta de manjares también espació la visita de gorriones, palomitas de San Juan y uno que otro verdín. |
—Uy, qué lástima —pensaba Teresa—: tan bonito, tan lleno de vida que se veía esto. Comenzó a extrañar los picoteos en los cristales y los pleitos arrabaleros que, de rato en rato, ocupaban antes a algunos malhumorados pajarillos. |
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