Ramón Cordero G.

 

—¡La carne está dura, no la puedo masticar!

—Prefiero el puré de papa porque es fácil de comer.

—Con esta verdura... voy a perder la dentadura.

En los tiempos prehistóricos, las personas tenían que comer sus alimentos casi como los encontraban en la naturaleza. Comida tan difícil de masticar, que una dentadura se acababa en pocos años. Por supuesto que alguien sin dientes, porque se le habían desgastado en exceso, estaba condenado a morir poco a poco de desnutrición.

Lo más que se podía hacer en esos tiempos era machacar los productos utilizando piedras o algún mazo. Piensa en los pueblos primitivos que no tenían licuadoras, ollas, sartenes y ni siquiera fuego para preparar sus alimentos.
El gran invento de aquella antiquísima época fue el uso del fuego para la cocción de los alimentos. Asar la comida directamente junto a las brazas de la fogata, fue el primer avance. Así fue como se inventó la carne y las verduras asadas. El hombre de antaño pudo comer caliente, pero sobre todo... pudo masticar mejor y más eficientemente.

Cocer los alimentos tiene la virtud de que los suaviza y, por lo tanto, los hace más digeribles; más aprovechables en la nutrición. Eso sin contar con que el proceso de cocimiento, al elevar significativamente la temperatura, libera a los alimentos de una gran cantidad de microbios que podían provocar infecciones intestinales.

¿Lo dudas?

Haz la prueba: trata de masticar unos frijoles que no han sido guisados, una papa cruda o un trozo de carne.

Difícil, ¿no?

Pues bien: asar fue el primer paso, pero hubo otro más complicado por resolver: ¿cómo cocer los alimentos en un poco de agua?

Cierto, cierto: poniendo una olla sobre el fuego, ¿no es verdad?
Correcto, pero con un pequeño detalle: no había ollas en esa remota antigüedad.

—¿No había?

No, si consideramos a los más viejos de los viejos. Las ollas aparecieron hasta que el hombre se hizo más civilizado e inventó la alfarería. Elaborar cazos, cazuelas y ollas de barro fue un avance tecnológico posterior.

—¿Entonces qué había?

Muy pocas cosas. Piedra, palos, cueros y pieles, nada más.

—Pues con eso no se puede cocinar.

No hay que subestimar a los ancestros. Con lentitud y mucho trabajo, pero aprendieron a guisar.


Seguramente alguno labró la piedra y consiguió una especie de molcajete que se podía calentar en la fogata, pero con las muy escasas herramientas seguramente sería algo difícil de obtener.

Por supuesto que no podían poner un recipiente de cuero directamente al fuego: seguramente no resistiría y terminarían por perder el utensilio además del guisado. La manera ingeniosa que encontraron, un portento tecnológico, una revolución en la cavernícola cocina, fue el emplear cueros, pero sin exponerlos directamente a la lumbre, más bien a un lado.

La técnica laboriosa pero sencilla, consistía en meter piedrecillas a las brazas. Una vez que estaban de lo más calientes, entonces eran tomadas con la ayuda de un palo y se echaban al interior de lo que sería la sopa de mamut. Al contacto, la piedra se enfriaba, pero el líquido contenido en la vejiga de cuero se calentaba.

 

Cada piedra enfriada era sustituida por otra que estaba caliente y esperando turno en la fogata.
Ya imaginarás que después de muchas piedras movidas y más horas de espera, la mamá cavernaria podía gritar en su idioma, si es que lo tenían, “¡A comer, la sopa está caliente y servida!”

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