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Cocer los alimentos tiene la virtud de que los suaviza y, por lo tanto, los hace más digeribles; más aprovechables en la nutrición. Eso sin contar con que el proceso de cocimiento, al elevar significativamente la temperatura, libera a los alimentos de una gran cantidad de microbios que podían provocar infecciones intestinales. ¿Lo dudas? Haz la prueba: trata de masticar unos frijoles que no han sido guisados, una papa cruda o un trozo de carne. Difícil, ¿no? Pues bien: asar fue el primer paso, pero hubo otro más complicado por resolver: ¿cómo cocer los alimentos en un poco de agua? Cierto, cierto:
poniendo una olla sobre el fuego, ¿no es verdad? —¿No había? No, si consideramos a los más viejos de los viejos. Las ollas aparecieron hasta que el hombre se hizo más civilizado e inventó la alfarería. Elaborar cazos, cazuelas y ollas de barro fue un avance tecnológico posterior. —¿Entonces qué había? Muy pocas cosas. Piedra, palos, cueros y pieles, nada más. —Pues con eso no se puede cocinar. No hay que subestimar a los ancestros. Con lentitud y mucho trabajo, pero aprendieron a guisar.
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