Las
bicicletas no son sólo un reto a nuestro equilibrio y condición
física: son un
pretexto
que ha unido, generación tras generación, a padres e hijos
en la tarea de aprender a manejarlas. A los típicos "no
te preocupes, no te voy a soltar" y el susto de darse cuenta de
que se está manejando solo la bicicleta, sigue la inevitable
caída.
Después
vienen las frases de consuelo del tipo "sólo el que se cae
es buen jinete", pero ¿alguna vez se te ha ocurrido pensar
de qué nacionalidad son las bicicletas? ¿O si han cambiado
su aspecto a través de los años? La larga historia de
la bicicleta empezó en el año de 1791, en Francia, cuando
el conde Méde de Sivrac se presentó en los concurridos
jardines del Palais Royal cabalgando un extraño artefacto al
que le había dado el nombre de célérifère
(celerífero en español), palabra que etimológicamente
significa transporte rápido.
La
versión simple de la bicicleta se basaba en dos ruedas unidas
por un travesaño de madera en el que había un sillín
y, pegado a la punta de este, un rudimentario volante de dirección.
El conde, sentado en el sillín, hacía avanzar su artefacto
impulsándose con los pies, como si marchase a grandes zancadas.
El invento no parecía ser muy brillante, ya que debido a la rigidez
del armazón que sujetaba las dos ruedas, no se podía mantener
una buena dirección.
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