La llegada de todos los
compañeros al taller se dio como obra de la casualidad. Algo había
en común entre todos nosotros: la enorme gana de escribir, aunque ninguno
hubiese publicado nada.
....Rectifico: cada uno lo había intentado,
pero con el mismo resultado que casi siempre tiene quien sólo ha tomado
nota de viajes, escrito un diario o intentado crear un poema por primera vez.
Textos ilegibles no por su letra, sino por la cursilería que destilan,
o la exuberancia con que han retoñado y crecido los lugares comunes.
Escritos esos que en un ataque de pudor, piden ser archivados en el cesto
de la basura para no volver a ver la luz del día —ni la oscuridad
de la noche por cierto.
....La mecánica era de lo más simple.
Convocaba y oficiaba Mónica Lavín, incipiente escritora en aquel
entonces, aunque luego, más tarde, destacaría. Pero volvamos
al principio: lo más atractivo del dichoso taller era la ausencia de
aula o un ambiente de excesiva formalidad. De hecho, siendo un café
de no malos bigotes el sitio de reunión, la sesión formativa
perdía frontera con el encuentro de los amigos.
....¿Cuotas,
colegiaturas? Ninguna. Al menos nada que pudiera parecerse a eso, acaso la
cooperación voluntaria para que nuestra literaria sacerdotisa cobrara
el tributo por la vespertina salida, bebiendo un oscuro café y degustando
algún bocadillo menor. Nada que para el grupo de ocho o diez participantes
representara una carga excesiva.
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