Cuando
fotografiaba, Edward Weston (1886-1958) se apegaba al lema: "la
forma sigue a la función". La obra de este fotógrafo
norteamericano fue clave para que el mundo del arte abriera sus puertas
a las imágenes fotográficas. Cuando Weston comenzó
a sacar fotografías, en los años inmediatamente anteriores
a la Primera Guerra Mundial, la mayoría de las personas que
se dedicaban a esta actividad se veían a sí mismos como
aficionados y la fotografía se consideraba un pasatiempo. Sólo
unos pocos entre ellos luchaban para que se reconociera a la fotografía
un lugar entre las artes plásticas, junto a la pintura y la
escultura. Edward Weston fue de los primeros que creyó que
una fotografía no debía reproducir mecánicamente
la realidad ni debía inspirarse en la pintura para componer
sus imágenes. Para Weston, la fotografía tenía
un lenguaje propio, el lenguaje de las formas.
Edward
Weston pasó tres años en México (1923-1926) que
fueron fundamentales para su obra fotográfica. En sus diarios
describió la vida en las calles de México como un "brusco
enfrentamiento de contrastes extremos
vital, intenso, en blanco
y negro, nunca gris". En México aprendió a reducir
el tema de sus fotografías a la esencia y a encontrar el punto
de vista más expresivo, desde el que el objeto podía
hablar por sí mismo. Aquí comenzó a estudiar
las posibilidades que ofrecían objetos funcionales, fabricados
en masa, como los retretes de cerámica de la casa que había
alquilado. Durante más de una semana estuvo buscando la mejor
manera de hacer una fotografía adecuada de este "receptáculo
brillantemente esmaltado de extraordinaria belleza". Su objetivo
era plasmar el retrete libre de cualquier connotación humorística,
escatológica, obscena o de otro tipo, para expresar la "respuesta
absolutamente estética a la forma". Cuando, por fin, hizo
la foto que deseaba, se la mostró a Diego Rivera quien exclamó:
"Nunca en mi vida había visto una fotografía tan
bella".
