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Los miopes (fragmento)
No
voy a escribir un artículo científico, en que haya
grandes observaciones ópticas, en que se pruebe que los miopes
ven poco porque ven mucho, ni en que abunden comparaciones entre
todas las clases de vista que hay. No; nada de eso; tampoco me ocuparé
de un estudio de los ojos del hombre, por curiosos que sean los
tuertos y los bizcos, los ojos azules y los negros, las cataratas
y la gota serena, los présbitas y los amaurosis. Todo esto
sería muy profundo; pero los ojos torcidos, torcidos se quedarán,
y en punto a medicina, el cólera y otras cosas que no quiero
referir, me han hecho un poco incrédulo, un poco escéptico,
para que me entiendan menos. Por otra parte eso de las ciencias
y de los conocimientos útiles será sin duda muy importante;
pero no va bien con mi carácter bobalicón, distraído
y olvidadizo. Nunca pude aprender fórmulas de memoria, ni
siquiera la del binomio de Newton; nunca amé las conversaciones
serias, ya versasen sobre política, ciencia, religión,
etcétera. Preferí constantemente la charla inocente
y candorosa, esa charla de broma, franca, aunque no muy concienzuda,
para que en algo se distinga de las publicaciones de la prensa,
en que las palabras franqueza y conciencia se encuentran a cada
paso.
Así, pues, al hablar de los miopes, reuniré lo que
yo he observado, lo que yo he observado que me llame la atención,
aunque no lo merezca, pues, creo que nadie me disputará el
derecho que tengo de fijar mi atención donde mejor me parezca.
El miope es ese ser que sufre la pena de ver un poco menos lejos
que sus semejantes, y o se presenta arrugando los ojos y haciendo
esfuerzos inútiles para alcanzar
un poco más, o con el episodio de los espejuelos, especie
de antifaz, de aparato, de máquina que transforma la fisonomía,
que le quita su expresión y le da un aire grave o ridículo,
encogido o petulante.
[...] Miopes hay que se consuelan con que grandes hombres han llevado
antejos: Quevedo, Bretón, y otros muchos; pero esto de nada,
de nada sirve para resignarse a ser miope.
Si esto de ver poco, de no descubrir lo que está a alguna
distancia se llama ser miope, obsérvense con cuidado los
ministros miopes, los periodistas miopes, los maridos miopes, etcétera,
y se encontrará un estudio muy divertido.
[...] Pero si hablara yo extensamente de todos los miopes que hay
en todas partes, este artículo sería interminable,
y así el hablar del miope por afectación, de los políticos
miopes, etcétera, será materia de otros artículos
que tal vez escribiré algún día.
El Demócrata,
28 de junio de 1850 pp. 2 y 3
Texto extraído de Woldenberg , José,
Francisco Zarco, Los Imprescindibles, Ediciones Cal y Arena,
México, 1996. pp.160-165.
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