El Ulises Criollo
Las amapolas de Xochimilco
(fragmento)
Por el costado poniente de la catedral, frente a la calle del Empedradillo, estaba el Jardín de las Flores. Pasando por las mañanas rumbo al Tribunal, detenía unos instantes el taxi. Los vendedores asaltaban ofreciendo ramos gigantescos de rosas o claveles, alelíes y gardenias, dalias y crisantemos, violetas y lirios, tulipanes y camelias. Es difícil la elección cuando no se lleva un propósito fijo; pero me conquistó una brazada de amapolas de esas enormes y encendidas que sólo se dan en Xochimilco. Anotadas las señas, el mensajero se alejó bajo el sol como si llevase la llama de mi corazón ardido de no verla desde la tarde anterior. Tanta dicha provocaba remordimiento; así que compré otro ramo más modesto y lo mandé a mi esposa. Siempre he experimentado la necesidad de estar solo una o dos horas al día. Resabios quizá del examen de conciencia que antes de dormir nos imponía mi madre. Al llegar a casa me encerraba en la biblioteca. Después de violentas disputas había logrado que no entrasen allí los criados, ni siquiera mi esposa. Solo mis hijos circulaban, rompían, deshacían, porque los niños no estorban el pensamiento. Es la mirada astuta, inquisitiva, la que desespera e impide trabajar. De los niños ni el ruido distrae. Me aislaba de nuevo después de la cena ligera. Horas de soledad en que el alma encuentra su alimento. No pasar un largo rato completamente solo, cada día, es como no despertar para el espíritu. Este inconveniente le hubiera encontrado a la vida en común con Adriana: la fatiga del diálogo. A la prueba del mundo venimos solos y para apurarla cada uno en presencia de Dios. Por entonces, sin examen de conciencia, soltaba la imaginación adelantándome a las horas de la dicha: lo que haría con Adriana, lo que el futuro guardaba. Fatigado pasaba a la alcoba. Ya no me perseguían los sueños lúgubres como aquel en que aparecía Carlos doblegado bajo el peso de una losa caminando por una cuesta sombría. Una noche que no pude contener los sollozos, mi esposa había asomado de su habitación próxima; apenas pude decirle:
— Carlos... Carlos...
Ahora, con Adriana, sentía menor la amargura. Ella también había sufrido, según me decía, y éramos dos a vengarnos de la suerte, gozando impúdicamente, desenfrenadamente.
De oración sólo una repetía: "Cuida, Señor, y caiga sobre mí lo que deba caer..."
Castro Leal, Antonio: La novela de la Revolución Mexicana, Tomo II. México, SEP/Aguilar, 1988.
