Visión
de Anáhuac
(fragmento)
Viajero: has llegado a la región
más transparente del aire.
En la era de los descubrimientos, aparecen libros llenos de noticias
extraordinarias y amenas narraciones geográficas. La historia,
obligada a descubrir nuevos mundos, se desborda del cauce clásico,
y entonces el hecho político cede el puesto a los discursos
etnográficos y a la pintura de civilizaciones. Los historiadores
del siglo XVI fijan el carácter de las tierras recién
halladas, tal como éste aparecía a los ojos de Europa:
acentuado por la sorpresa, exagerado a veces.
[…] La visión más propia de nuestra naturaleza
está en las regiones de la mesa central: allí la
vegetación arisca y heráldica, el paisaje organizado,
la atmósfera de extremada nitidez, en que los colores mismos
se ahogan ?compensándolo la armonía general del
dibujo; el éter luminoso en que se adelantan las cosas
con un resalte individual; y, en fin, para de una vez decirlo
en las palabras del modesto y sensible Fray Manuel de Navarrete:
una luz resplandeciente
que hace brillar la cara de los cielos.
[…] En aquel paisaje, no desprovisto de cierta aristocrática
esterilidad, por donde los ojos yerran con discernimiento, la
mente descifra cada línea y acaricia cada ondulación;
bajo aquel fulgurar del aire y en su general frescura y placidez,
pasearon aquellos hombres ignotos la amplia y meditabunda mirada
espiritual. Extáticos ante el nopal del águila y
de la serpiente
—compendio feliz de nuestro campo— oyeron la voz
del ave agorera que les prometía seguro asilo sobre aquellos
lagos hospitalarios. Más tarde, de aquel palafito había
brotado una ciudad, repoblada con las incursiones de los mitológicos
caballeros que llegaban a las Siete Cuevas
—cuna de las siete
familias derramadas por nuestro suelo. Más tarde, la ciudad
se había dilatado en imperio, y el ruido de una civilización
ciclópea, como la de Babilonia y Egipto, se prolongaba,
fatigando, hasta los infaustos días de Moctezuma el doliente.
Y fue entonces cuando, en envidiable hora de asombro, traspuestos
los volcanes nevados, los hombres de Cortés (“polvo,
sudor y hierro”) se asomaron sobre aquel orbe de sonoridad
y fulgores
—espacioso circo de montañas.
A sus pies, en un espejismo de cristales, se extendía
la pintoresca ciudad, emanada toda ella del templo, por manera
que sus calles radiantes prolongaban las aristas de la pirámide.
Reyes, Alfonso: Antología.
México, Fondo de Cultura Económica, séptima
reimpresión, 1995.

