En
el año de 1984 Etiopía recordó al mundo entero
la soberbia del progreso y el desarrollo tecnológico. Justo
en los años en que Ronald Reagan -presidente de Estados Unidos
de 1981 a 1989- lanzaba el desafío a la URSS de convertir la
Guerra Fría en una Guerra de las Galaxias, la muerte se apareció
en Etiopía con una fuerza inaudita.
Un período de sequías que inició en 1982 devastó
casi por completo las cosechas de los campos agrícolas etíopes.
El hambre, en consecuencia, apareció entre la población
con un rigor inquebrantable. En 1984 un millón de personas
perdieron la vida porque nunca llegó un sólo pedazo
de pan a su boca. En 1972 un número similar de etíopes
fenecía por los mismos motivos.
Hoy
este país africano está en la antesala de una nueva
tragedia que muchos consideran como desastre natural: el hambre. Etiopía
tiene dos épocas de lluvia: una de febrero a abril, en la cual
no llovió; y la otra de junio a septiembre, meses durante los
cuales la precipitación fue escasa. Esta falta de lluvias ha
arruinado a la mayoría de las cosechas. La sequía, es
verdad, es uno de los factores directos del hambre; pero ésta
no se produce simplemente como un desastre natural ante el cual la
intervención del hombre es poco menos que inútil.
Después de la masiva mortandad por la hambruna de 1984 se dijo,
con razón, que una de las causas centrales de aquella había
sido la escasa tecnificación en los sistemas de riego. Hoy
sólo el 1.6% de la superficie arable de Etiopía está
irrigada. Por lo mismo la sequía actual vuelve a aparecerse
como un manto trágico que cubre el país de una nueva
y más terrible hambruna.