Chávez
Morado regresó a México en 1930 e ingresó a la
Escuela Nacional de Bellas Artes. Dentro del ambiente artístico,
se identificó de inmediato con aquellos artistas comprometidos
con las luchas sociales y enemigos de la explotación de los
trabajadores. En esos años de radicalismo político,
mientras ascendían los fascismos en Europa y se organizaban
frentes comunistas en todo el mundo, se fundaron en México
asociaciones de artistas plásticos que militaban en la izquierda
política. Estos artistas creían que la función
social del arte era crear conciencia entre la población de
sus derechos sociales y de los males que los amenazaban, como el fascismo
europeo, el imperialismo norteamericano, los acaparadores de tierras
y alimentos, los grupos conservadores y los traidores de las luchas
obreras y campesinas. En ese contexto José Chávez Morado
se convenció de que el sentido del arte debía ser estético-político.
Desde entonces, combinó en su vida la militancia política
con el trabajo artístico de compromiso social.
Los
años treinta marcaron la vida de Chávez Morado. En esa
década encontró su camino artístico y a la compañera
de su vida, la pintora Olga Costa, nacida en Odesa e hija del músico
Jacobo Kostakowsky. También formó parte de la Liga de
Escritores y Artistas Revolucionarios y pintó su primera obra
pública, el mural titulado "La lucha antimperialista"
en la Escuela Normal de Jalapa, Veracruz. Además, realizó
un viaje fundamental para su educación política. En
1937 formó parte de la comitiva de intelectuales mexicanos
(entre ellos Silvestre Revueltas, Juan de la Cabada, Octavio Paz,
Carlos Pellicer, Elena Garro, José Mancisidor, etcétera)
que fue a España para solidarizarse con la lucha del gobierno
republicano. Y hacia el final de la década ingresó al
Taller de la Gráfica Popular, donde encauzó su energía
creativa al arte político de calidad estética.
Así,
para la década de los cuarentas, José Chávez
Morado era miembro sobresaliente de la Escuela Mexicana de
Pintura
que, más que una escuela propiamente dicha, fue la corriente
pictórica que se convirtió en el estandarte de la nacionalidad
mexicana ante el mundo en el siglo XX. Su dogma se componía
de una fe ciega en el pueblo, la exaltación de las luchas y
héroes revolucionarios en la historia de México, el
culto a la cultura popular y la férrea convicción de
que el arte debe ser público y, mejor, monumental. Su lenguaje
artístico se mantuvo siempre dentro de los límites de
la figuración. Paralelamente a su creación artística,
en los cuarentas Chávez Morado continuó con su labor
política -fue elegido secretario general del Sindicato de Profesores
de Artes Plásticas- y comenzó con otra actividad que
desarrollaría a lo largo de su vida, la de promoción
artística. Fue entonces cuando fundó y dirigió
la Galería Espiral y fue miembro fundador del Salón
de la Plástica Mexicana.