Hace unas semanas se realizó en
Tlayacapan, Morelos, el tercer Festival del Barro, con grupos de música
mexicana de gran importancia como el son de Madera, Yolotecuani, los
Purhépechas y el grupo dirigido por la autora de este artículo,
Sonaranda, entre otros. Incluso lo cerró el famoso cantautor
cubano Pablo Milanés.
Para abrir esta fiesta vinieron los jóvenes cantores del coro
de Acteal, desde su lejana comunidad en Chiapas, en donde fueron víctimas
de una de las masacres más sonadas de los últimos años,
ya que al estar en la iglesia rezando, desde señores hasta mujeres
con sus bebés, entraron unos individuos con armados y sin el
menor dejo de misericordia, terminaron con la vida de muchos de los
asistentes.
La noticia de semejante acto violento fue tan impactante, que dio la
vuelta al mundo, y Acteal, de ser una pequeña ranchería
perdida en la selva, pasó a ser un lugar conocido en todo el
planeta. La respuesta de quienes vivieron estos acontecimientos de cerca
y enterraron a sus familiares y amigos volvió a sorprender al
mundo, ya que en lugar de levantarse en armas, tomaron sus voces y las
han hecho escuchar en varias partes, no llenas de rencor y de reclamos,
sino de ternura y sabiduría, una denuncia a favor de los derechos
de todo el mundo y de esperanza en una nueva humanidad.
Abrieron el Festival con un repertorio muy bello, voces de hombres
y mujeres a veces acompañadas de instrumentos como el guitarrón,
la vihuela, el acordeón y algunas percusiones. Al día
siguiente de su conmovedora actuación, se dirigieron a la tumba
del general Emiliano Zapata a llevarle una ofrenda de cantos y flores.
En el camino, se le hizo la siguiente entrevista a Roberto Pérez
Sántiz, director y fundador del coro, ya que quién mejor
que el para hablarnos de esta expresión sonora de Acteal.
Don Roberto nos platica del coro como opción, surgió
no por alegría, sino por tristeza, para no quedarse con ella
cuando sus cuarenta y cinco hermanos murieron, empezó a organizarse
para dar a conocer las injusticias que hay en Chiapas, y en todo México,
no hay respeto a los derechos humanos, no hay respeto a los pueblos
indígenas.
-Nosotros como coro queremos trabajar
para dar a conocer las situaciones, empezamos a componer canciones que
hablan acerca de esto, que se cante la situación, para que a
la gente le entre en su corazón, que empiece a pensar y a luchar
junta por la justicia y la paz del pueblo.
Esa es la opción que tenemos en Acteal, ya que cada persona,
sea indígena o no, tenemos derecho a vivir aquí en la
tierra, nadie nos puede obligar a cualquier cosa, nosotros sabemos que
nos podemos organizar y hacerle sentir al pueblo de México que
todos tenemos derechos y que debemos defenderlos. Cantamos para que
todos aprendamos a encontrar una nueva sociedad, una nueva vida. Es
un llamado al corazón del pueblo de México.
Un coro en vez de un fusil, queremos
ser constructores de una paz justa, tenemos que trabajar. Tenemos el
arma de nuestro corazón, de las canciones que traemos, porque
hay algunas de ellas que si hablan fuerte, pero queremos que no sólo
lo oiga el gobierno, sino también el mundo.
El coro nació porque antes de la matanza, se estaba haciendo
un trabajo entre católicos y presbiterianos que era traducir
la Biblia al tzotzil, nuestro propio idioma, ya que la gente
indígena no entendía español; cuando ya estuvo
terminada, los comités de la Biblia comenzaron a hacer
una fiesta para conmemorarlo y se ensayó un canto, entre católicos
y presbiterianos. Cuando sucedió la masacre, decidimos no quedarnos
callados, ya que vivíamos en un gran sufrimiento, hasta en los
campamentos, así empezamos a cantar nuestra realidad. De ser
un coro religioso, pasó a ser un coro de consolación y
denuncia, aunque su sentido de estar en contacto con Dios no se perdió,
ya que cantan en las iglesias de las comunidades durante las fiestas
patronales o comunales como bautizos, entierros, bodas, etcétera.
El coro tiene dos filos, el canto religioso y el político, dando
una cachetada con guante blanco al problema que aquí tuvimos
y que hoy en día sigue sin resolverse.
En ese momento se miraba por la ventana la imagen de Zapata, el enorme
monumento que se levanta en donde hoy día se encuentran sus restos
en Cuautla. Los miembros del coro se fueron bajando, entre risas y juegos
innentendibles para nosotros, ya que estaban en tzotzil.
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