¿Cómo se relacionaban con sus dioses?
     
     
     

La relación de los romanos con sus divinidades era muy parecida a la manera en que relacionaban con los poderosos, reyes o patronos. Cada mañana, saludaban con la mano a los dioses cuando pasaban delante de su imagen o acudían a sus templos. Generalmente rendían homenaje al dios cuyo templo era vecino a su domicilio, porque más valía tener vecinos influyentes.

En todos los altares, sin embargo, no faltaba la imagen sagrada del emperador, aunque no se le consideraba un dios. Había diversos ritos religiosos que se ejecutaban en honor de los dioses, uno de ellos era el libatio, es decir, se derramaban sobre el altar doméstico las primeras gotas de una copa que se iba a beber.


Los fieles ofrecían dádivas y promesas (votos) a sus dioses para obtener protección divina. Elevaban plegarias a los dioses y les erigían un altar dentro de sus casas o, los ricos, construían un santuario dentro de su propiedad. Con los dioses, como con los patrones, se mantenía un esquema de intercambio de dones y dádivas. La relación entre el fiel y el dios era como una amistad entre desiguales que entran en relaciones de confianza para sus intereses respectivos. Era común que un romano dijera a un dios: “cúrame y tendrás una ofrenda” o “Si me procuras un felíz viaje a Alejandría, te ofreceré un sacrificio” o bien “ayúdame, sé que lo puedes hacer”, para picar el orgullo divino. Los romanos no temían a sus dioses, más bien los admiraban y los trataban con bastante familiaridad.

Un romano cultivado – Cicerón, Horacio, un emperador, un senador, un notable- cree en la divinidad pero no cree en la mitología de los dioses. Es decir, aceptaban y tenían fe en las abstracciones que cada dios representaba pero no en las historias de sus vidas. Un hombre cultivado se decía a sí mismo: “Existe una Providencia, sigo creyéndolo; el núcleo de la verdad de las leyendas sobre los dioses debe consistir en esto. ¿Pero hay además una suerte de realidad en Apolo o en Venus? ¿Son otros tantos nombres de la única Divinidad?¿O acaso nada, fuera de una vana fábula?”.


Las catacumbas


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Fuente:
Paul Veyne, “El imperio romano” en Historia de la vida privada 1. Imperio romano y antigüedad tardía. Dirección de Philippe Ariés y Georges Duby. Madrid, Taurus, 1991.