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En los libros de historia
suele hablarse de héroes y de personajes trascendentes: una
parte de la verdad, ya que deja fuera a todos aquellos que participaron
en los eventos o que fueron sus víctimas, pero de los cuales
no quedó registrado el nombre. Eso sucedió también
durante los duros años de la Revolución
Mexicana.
El relato de una aldea
Dicen que en el pueblo ya nunca se volvió a comer carne de cerdo después de que pasaron los federales, los pelones, pues. No, nada de motivos religiosos; ninguna prohibición. Simplemente faltó el antojo... las ganas de una fritura. Esos chanchos quedaron malditos a causa de la Revolución.
Contaban los viejos del pueblo
que ya había muerto el presidente Madero durante la Decena
trágica. Acá, en el estado de Morelos, toda la peonada
había tomado partido por Emiliano
Zapata y el gobierno federal nos traía entre ojos. Y es
que aquí en el pueblo, muy cerca de Cuautla, nuestra gente
peleaba de manera muy distinta a como lo hacía el resto de
los ejércitos revolucionarios.
Los mandos zapatistas decían que si se ponían al tú por tú con los federales o la gente armada por los hacendados, lo más seguro es que les rompieran el hocico. Ellos andaban a caballo y bien armados. Los campesinos a pie y con machete, aunque fueron juntando algunas carabinas, armas que dejaban los muertitos después de las batallas.
Según las narraciones, los venadeaban desde los cerros o los emboscaban en alguna cañada. Pobres pelones, soldados de leva, no sabían ni de dónde llegaban los tronidos. De uno en uno iban reventando. Después, ya todo quieto, se recogían rifles, pistolas y cananas para regresar cada quien a su casa, volvían a ser gente común del campo hasta la siguiente refriega.
La masacre
Llegaron de nochecita, cuando la gente ya estaba descansando. Avisaron los perros con sus ladridos, pero no hubo tiempo ni para terminar de abrir los ojos.
Quemaron todo. Echaban la lumbre a los techos de las casas y en cuanto la gente salía, soltaban la ráfaga de balas. Don Serafín decía que esa vez conoció lo que era una ametralladora, la matraca de las balas.
Una “ jijez” que hayan ido de noche, como los coyotes. Cobardes que agarraron parejo a los hombres, la gente de edad, mujeres y niños. Al mismo tiempo fue una suerte porque mucha de la gente pudo escapar agarrando camino hacia los cerros. Varios días anduvieron por ahí, a la espera de que los uniformados se retiraran.
El pueblo destruido
Poco a poco se fueron regresando para ver qué había sido del pueblo. Una desgracia. Todo deshecho. Tejados humeando, cachos de pared chamuscados. Esos canijos se llevaron todo lo que pudieron, los santitos de las casas, los trapos, algún adornito y casi todos los animales. No quedó ni un burro o alguna de las vacas.
Dejaron los muertos y lo que de plano no alcanzaron, unas cuantas gallinas y los chanchos. También se quedó el olor a muerte que siempre acompaña a la zopilotada.
Méndigos pelones, ni siquiera se tomaron la molestia de sepultar los cuerpos. Les gustaba dejarlos ahí, cosiéndose al sol, apestando y comidos por los animales para que sirvieran de escarmiento a los pueblos. Querían amansarlos a como diera lugar. La muerte siempre impresiona, y más cuando se ha dado de forma violenta, la gente estaba preparada para eso luego de varios años de revolución, escaramuzas fallidas y algún fusilamiento. Lo que no esperaban al volver a sus casas, era encontrar el espectáculo de horror que ahí se daba.
Difuntos convertidos en carroña que se disputaban los pájaros negros con aquellos cerdos hambrientos. Malditos animales que antes fueron de las casas, pero que no necesitaron ni de dos semanas para ser salvajes de nuevo. Nunca fueron bonitos, pues les faltaba raza; pero a partir de esa ocasión, los lugareños los vieron cada vez más gordos, chaparros, trompudos y prietos. Sí, dicen que se salieron del corazón de las personas y ya nadie quiso tenerlos.
Haciéndose viejos
Luego de espantarlos para dar cristiana sepultura a los vecinos, no hubo quien reclamara la propiedad de los puercos. Se quedaron en las calles como almas errantes venidas del infierno. Aunque el rencor era mucho y no faltaban las ganas de pegarles un tiro, se impuso el sentido práctico. No se sabía si en tiempos tan revueltos, habría después la necesidad de contar con ellos como alimento.
Platican que el hambre llegó muchas veces, fueron años difíciles y, sin embargo, nadie pensó en los chanchos. De hecho, era motivo de interna satisfacción cuando alguno de estos animales dejaba de ser visto en las cercanías. Hasta la gente se hizo más cuidadosa para no dejar desechos que les pudieran servir de alimento y permanecieran en las cercanías del caserío.
Tiempo, abigeo y uno que otro cebo envenenado hicieron que luego de varios, quizá muchos años, volviera la tranquilidad de ánimo. Según la conseja popular, muriendo la estirpe maldita, también alcanzaban su descanso al fin nuestros muertos.
Hoy día hay quien cría marranos en los ranchitos, muy pocos, por cierto, y para vender siempre fuera. No se acostumbra el chicharrón, las chuletas o el espinazo entre los coterráneos. Hay algunos cochinos, pero ahora son de raza y todos blancos. La gente prefiere no comerlos, simple precaución por aquello de que traigan un prójimo dentro. Sí, a causa de la Revolución, en este lugar los marranos prietos mueren de viejos.
Leer comentarios Leyendo sobre la Revolución Mexicana
Una manera de acercarse a aquellos acontecimientos del pasado reciente puede lograrse con novelas que hablan sobre ella. Recomendamos las siguientes, que pueden ser encontradas en múltiples ediciones y casi en cualquier biblioteca o librería:
Los de abajo, de Mariano
Azuela (1915)
El águila y
la serpiente, de Martín Luis Guzmán (1928)
La sombra del caudillo,
de Martín Luis Guzmán (1929)
Campamento, de
Gregorio López y Fuentes (1931)
Ulises criollo,
de José Vasconcelos (1936)
Se llevaron el cañón
para Bachimba, de Rafael Muñoz (1941)
Tropa vieja, de
Francisco Urquizo (1943)