
Las obras
de Humboldt ejercieron una gran influencia en la Nueva España
y en toda Europa, ya que fueron traducidas a varios idiomas en diferentes
épocas. Aunque el relato de von Humboldt no fue el primero
que se hizo sobre México en el siglo XIX, sí fue el
que tuvo mayor difusión. El sabio alemán supo dar a
su viaje por América gran publicidad: escribía a sus
amigos influyentes en Estados Unidos o en Francia. Los principales
periódicos de Alemania seguían con interés su
viaje y publicaban cualquier noticia que se tuviera de él.
En los círculos de las altas clases burguesas que tenían
interés científico, se esperaba con ansia el resultado
de los trabajos del famoso erudito.
La admiración
que el auge económico causara a Humboldt en tierras americanas,
contribuyó a afianzar la confianza de los criollos en las posibilidades
económicas de su patria. Humboldt creó una visión
ideal de México y, sobre todo, describió un país
inmensamente rico en potencia. Actualmente, se le ha reprochado haber
trazado un cuadro falso de México, respecto a los habitantes
o por haber tenido escasa información sobre las manufacturas
y sobre la agricultura.
La obra del
alemán provocó que los empresarios capitalistas extranjeros
-alemanes, ingleses y norteamericanos- se fijaran en México
para invertir sus capitales y explotar sus riquezas. Humboldt escribió
que los yacimientos de metal se encontraban en regiones fértiles
para la agricultura, con ciudades y pueblos bien poblados: "El
vasto reino de la Nueva España -afirmó-, bien cultivado,
produciría por sí solo todo lo que el comercio va a
buscar en el resto del globo: el azúcar, el cacao, el algodón,
el café, el trigo, el cáñamo, el lino, la seda,
los aceites y el vino." También alaba las maderas de construcción,
la abundancia de hierro, cobre, níquel y plomo, la producción
agrícola, así como los capitales de los propietarios
de minas y empresarios.
Pero aunque
habla mucho de las riquezas del país, Humboldt no dejó
de insistir en los obstáculos para obtenerlas. Menciona la
ausencia de ríos navegables y la escasez de agua, la falta
de puertos, la sequedad del clima, la falta de canales y sistemas
de riego, la falta de transportes para las mercancías, la deficiencia
de la administración española de su colonia, y la miseria
y marginación de la población indígena.
Finaliza su
ensayo sobre la Nueva España diciendo:
¡Ojalá
que mi trabajo (...) que empecé en la capital de la Nueva España
pueda ser de alguna utilidad a los que la suerte destina a velar por
la prosperidad pública! Ojalá sobre todo, que llegue
a persuadírseles de una verdad importante, a saber: que el
bienestar de los blancos está íntimamente enlazado con
el de la raza bronceada, y que no puede existir felicidad duradera
en ambas Américas, sino en cuanto esta raza humillada pero
no envilecida en medio de su larga opresión, llegue a participar
de todos los beneficios que son consiguientes a los progresos de la
civilización y de las mejoras de orden social.