El final de una corta vida

En 1887 le encargaron a Villanueva la composición de la ópera Keofar . Felipe trabajó algunos meses hasta que terminó la obra, aunque le faltó la orquestación del último número. Keofar no se representó en aquel entonces, aunque algunos años después la cantante Emma Juch estrenó con gran éxito el arreglo para canto y piano de la “Romanza” de dicha ópera en el Teatro Nacional. Salvo el “Preludio”, un “Entreacto” y la “Romanza”, la música de Keofar está perdida.


Portada de la “Romanza” de Keofar

 

En 1892, Ernesto Elorduy llegó a México después de muchos años de vivir en Europa y se hizo amigo de Villanueva, quien tenía en muy alta estima el talento musical de Elorduy. Sin embargo, a Felipe le quedaba muy poco tiempo de vida: moriría en mayo de 1893, dos meses antes del estreno de Keofar .

Desafortunadamente, después de la muerte del compositor, su familia guardó los manuscritos de muchas de sus piezas sin que fueran dados a conocer, por lo que ahora una buena parte de sus obras —que no son muchas— están perdidas. Es lamentable que los familiares de algunos compositores, por afán de lucro o por otros motivos, pongan obstáculos a la difusión de algunas piezas o, como en el caso de Villanueva, que sepulten en el olvido la mayor parte de las obras que no fueron editadas en vida del autor.

 

Felipe Villanueva visto por Rubén M. Campos

Rubén M. Campos fue músico, investigador y autor de muchos textos, entre los que destacan sus investigaciones sobre música y la novela El bar . En uno de sus escritos describe el momento en que conoció a Felipe Villanueva. Campos había acudido a la casa del maestro para solicitarle algunas lecciones:

Llamé con timidez, abrióse la puerta al punto, y apareció ante mí un indio puro, altivo, de ojos inquisidores, cabello lacio y rebelde, peinado hacia atrás, ralo bigote azteca, sólido, correctamente vestido de negro [...].


Felipe Villanueva

 

Este texto apareció en 1919 en la Revista Musical Mexicana , cuyos directores fueron Campos y Manuel M. Ponce. Campos continúa su escrito con el recuerdo de un momento que compartió con Ponce, años después de la muerte de Villanueva:

Una noche que se celebraba una fiesta de arte en la Biblioteca Nacional, y que la resonancia de las naves nos traía a raudales la música del vals Amor de Villanueva, ejecutado por una orquesta típica mexicana, el compositor [Manuel M.] Ponce volvióse sonriente hacia mí, y los dos comentamos: “¡Es el poeta”... Y era en efecto el poeta que se quejaba en una queja amorosamente bella, delicadamente tierna. Era nuestra juventud romántica, evocada por aquellas notas melodiosas que tenían el prestigio de la poesía pura. Y no había ni un solo auditor que no se sintiera conmovido.

 

 

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