Los asistentes al lugar cruzaban entre sí grandes y pequeñas apuestas, en las que jugaban todo: riquezas, libertad, familia y aun la vida. Cada quien apostaba lo que podía y lo que tenía.

            Cada vez que la bola de ulli lograba pasar por el hueco del tlachtemalácatl, daba la victoria al grupo del golpe afortunado; si la pelota impulsada por algún jugador lograba derribar a un contrario se ganaban puntos. Una marca, un punto o una raya señalaban la ventaja o desventaja de los jugadores.

            La riqueza y la miseria se jugaban continuamente gracias al desbordado entusiasmo de las apuestas: ricas mantas de algodón con adornos de plumas, hermosas joyas de chalchihuitl, figurillas de jade, bolsas de cacao, manojos de pluma de quetzal, cañutos de plumas llenos de polvo de oro y muchas cosas preciosas. Algunas mujeres cambiaban de dueños al terminar el juego; algunos hombres se entregaban para trabajar gratis, en provecho del ganador o para ser sacrificados en ofrenda a los dioses.

Macuilxóchitl, deidad asociada a los juegos

Macuilxóchitl, deidad asociada a los juegos
Museo Nacional de Antropología e Historia

             Cuenta una leyenda que el tlatoani Axayácatl, señor de México-Tenochtitlán, apostó una vez el mercado de Tlatelolco contra los jardines de Xochimilco. Después de un reñido y prolongado juego, los hombres de Axayácatl perdieron ante los fuertes y diestros jugadores de Xochimilco. El tianguis de Tlatelolco pasó a manos de los xochimilcas.

            Al día siguiente, Axayácatl envió a sus embajadores ante el señor de Xochimilco, llevando variados y vistosos regalos y una guirnalda de bellas flores. Los vencidos la pusieron en el cuello del señor y la apretaron con tal fuerza que inmediatamente murió ahorcado. De esta manera no se pagó la apuesta y Tlatelolco siguió bajo el poderío mexica. Tiempo después los mexicas sometieron Xochimilco a su dominio.

            Había dos tlachtemalácatl, uno para cada contendiente. Uno se ubicaba a la mitad del muro de la derecha y el otro a la mitad de la pared izquierda. La pelota rebotaba en muros y taludes pintados de rojo, el color sagrado, el color de la sangre, el preferido por los dioses.

         Algunos jugadores caían heridos, golpeados con fuerza por la pesada bola de ulli; la pelota maceraba la carne, rompía los huesos y regaba la sangre, el líquido precioso de la vida que salpicaba el tlachco y llegaba directamente a los dioses. Los hombres no dudaban en ofrecer a los dioses lo más sagrado y valioso que poseían, la vida humana.

            

 

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