Texto: Thelma Alcántara
Diseño: Melba Maury y Jani Rivera

Dios Páinan

Dios Páinan

En el mundo náhuatl los hombres que mejor corrían eran reverenciados como dioses sobre la tierra, se les denominaba painani. Al morir eran honrados como Páinan, el dios mensajero de Huitzilopochtli. Desde niños se les entrenaba para ser ágiles y rápidos, llevando diferentes cosas y mensajes. Se adiestraban dando fuerza y habilidad a sus cuerpos, subiendo laderas y montañas; corrían por los campos y aprendían a conocer los caminos y sus atajos.

           Estos niños y hombres, ágiles para correr, eran considerados como los elegidos de los dioses para cumplir una misión: llevar los mensajes del propio dios a los hombres. Los mensajeros de los dioses también lo fueron de los tlatoani, de los señores de los mexicas, ya que su labor informativa era valiosa en extremo.

           Para ser elegidos entre los más ligeros corredores, cada año, en el mes de panquetzalitztli, se celebraba la fiesta del mensajero del dios de la guerra y se hacían competencias. Los vencedores encarnaban entonces al dios Páinan.

Durante la víspera de las fiestas de panquetzaliztli, los corredores eran organizados por grupos para competir según sus edades. Había dos grandes selecciones: durante la primera carrera los vencedores podían participar en la siguiente etapa, en la que todos ellos correrían nuevamente para que apareciera por fin el corredor más rápido y el menos agotado al terminar la jornada.

           La mayor parte de la gente del pueblo participaba en estas grandes carreras, ya sea corriendo o viendo a los competidores correr y alentando con sus gritos a los mejores. Muchos hacían apuestas por el ganador, en las que jugaban ricas joyas de oro o de jade, mantas y bolsas de cacao. Incluso se hacían competencias entre grupos de niños pequeños que subían corriendo los ciento cuatro escalones del templo de Huitzilopochtli. Los primeros en llegar a la cima eran premiados con tamales, mantas y otras cosas.

Painani informando a los tlatoani

Painani informando a los tlatoani

           Los jóvenes que desde pequeños fueron entrenados para correr sin cansancio participaban en una carrera de relevos, en la que todos seguían un camino señalado y debían ser hábiles para que, sin dejar de correr, pusieran en manos de otro corredor un papel pintado.

           A lo largo de todo el camino el pueblo presenciaba esta carrera, alentando a los corredores con su algarabía. Así se preparaba la fiesta de Huitzilopochtli, en la que Páinan era bajado del templo para ser llevado por los painani y los sacerdotes corriendo por todo el valle.

           Los corredores que cumplían su jornada sin agotarse eran reconocidos como grandes painani e ingresaban a las castas militares, donde además de ser mensajeros divinos cumplían su labor llevando estratégicos mensajes de guerra. Su rapidez era determinante para el triunfo o la derrota en los combates y para informar al tlatoani de todo lo que sucedía.

          Los painani informaban de las actividades de los pueblos enemigos y se preparaban para atacar, evitando de esta forma los ataques sorpresivos. Estos corredores estaban siempre listos para salir como mensajeros del dios de la guerra, y era necesario que el painan (cuyo nombre significa ligero) saliera en persona a movilizar a la gente y a los guerreros.

          Podían correr grandes distancias al continuar la carrera iniciada por otro painani. Para ello varios painani apostaban en el camino: cada uno cubría su jornada, un tramo de casi dos leguas, y al terminar de hacerlo entregaba el mensaje al painan que les esperaba. Éste continuaba rápido otra jornada igual, y así se hacía hasta llegar a su destino final. Así se informaba al tlatoani de lo que acontecía a grandes distancias de Tenochtitlán.

          Cuando un painani moría era ataviado con los ornamentos del dios Páinan, y se hacía una larga procesión, en la que todos iban corriendo detrás del cuerpo. Esto representaba la prisa que muchas veces era necesaria para resistir a los enemigos, para evitar sus celadas. Así llevaban al painani muerto, en una última carrera, a la región de los descarnados.

           

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