Texto: Thelma Alcántara
Diseño: Melba Maury y Jani Rivera

In tlachtli, in xochitlalli era el juego-ritual de pelota sobre el campo florido que se practicó en Teotihuacan, lugar donde se jugó por primera vez la pelota sobre el pasto. Lo practicaron los hombres y los sacerdotes para solaz de los dioses. Los jugadores formaban dos grupos: cada uno trataba de vencer al otro, mostrando su habilidad para el juego y su destreza para llevar la pelota sobre el pasto. A su vez, los sacerdotes ancianos observaban el juego y ponían las marcas que señalaban cuál grupo era más hábil.

In tlachtli, in xochitlalli

In tlachtli, in xochitlalli

            Los jugadores usaban un bastón de madera labrada y pintada con brillantes colores, con el que trataban de llevar la pelota hasta el otro extremo del campo, sin tocarla con las manos ni los pies, pasando por entre los contrarios y sin permitir que se las quitaran con el bastón enemigo. Para lograrlo se ayudaban a llevar la pelota entre los compañeros de cada grupo.

            La pelota era grande, ligera; estaba hecha de piel de leopardo rellena de fibra de maguey seca. Como casi no pesaba, se requería de mucha habilidad para hacerla correr y pasar entre los bastones del grupo contrario.

            Austeras ceremonias precedían al juego. La pelota, los bastones y las divisas eran colocados desde el día anterior al pie de los altares a la divinidad, ya que el triunfo se tributaba a los dioses porque el juego era para su recreación. Los jugadores oraban y ofrecían su posible triunfo a los dioses; hacían penitencia de retiro y ayuno; trataban de encontrar la purificación de sus cuerpos y almas antes del juego.

            El día del juego, antes de su inicio, los ancianos, príncipes y sacerdotes que no jugaban, ocupaban sus sitios en un lugar previamente señalado para ellos, y desde el cual podrían presenciar el juego. Éste se iniciaba acompañado por música de flautas y caracoles; los jugadores vestían ricamente, usaban divisas para distinguirse claramente de sus contrincantes en el campo. Los equipos se colocaban en ambos extremos del campo: así quedaban frente a frente mientras la pelota quedaba al centro.

            A una señal, la pelota era movida por los bastones: cada grupo de jugadores trataba de llevarla al extremo opuesto, golpeando la pelota con el bastón para hacerla correr. Los de un grupo se ayudaban entre sí para burlar a los contrarios y llevar adelante la pelota.

            Los jugadores se movían con agilidad de un lado a otro, cuidando la pelota, pasándola a sus compañeros, tratando de evitar que la detuvieran los enemigos. Para que no supieran los contrarios hacia dónde harían correr la pelota también hacían fintas simulando golpes.

            El campo de juego era amplio y cubierto de pasto. Se tenía especial esmero en que el suelo fuera parejo, que no tuviera ninguna clase de hoyos, y que la yerba fuera pequeña, casi al ras del suelo, para que la pelota pudiera correr libremente. Cuando terminaba el juego, se veía cuál de los dos grupos había logrado mayor número de marcas, cada vez que la pelota llegaba al campo enemigo se había pintado una raya, o se había colocado una caña frente al altar del dios que presidía a cada grupo en el juego; el que tuviera mayor número de estas marcas era el vencedor.

            El grupo ganador era homenajeado y ocupaba un lugar de distinción por haber merecido el favor de los dioses. Les servían abundantes alimentos y les daban mantas y joyas por su destreza en el juego. Tanto durante el juego como al final, los hombres gritaban apoyando a sus jugadores favoritos y también cantaban entusiasmados.

            Hoy en día podemos encontrar, en las pinturas de los muros de Teotihuacan, la memoria de este juego y de los hombres que lo practicaron.

           

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