Texto: Thelma Alcántara
Diseño: Melba Maury y Jani Rivera

Amiztlatoque: cazador de águilas, tigres y leones
Amiztlatoque: cazador de águilas, tigres y leones

La cacería no sólo era una importante fuente de alimento para los hombres del mundo náhuatl, también proporcionaba regocijo a los dioses y diversión al pueblo. Cuando se practicaba como un juego, la caza también servía de preparación para la guerra, ya que los hombres se adiestraban en el manejo del arco y la flecha. Un buen tirador de flechas era admirado y merecía toda clase de distinciones, le llamaban amiztlatoque: cazador de águilas, tigres y leones.

           Los cazadores se instruían en el tiro con arco, tratando de acertar en sus tiros a objetivos en reposo o animales en movimiento. Para ejercitarse colocaban hojas de maguey o papel, que de un solo flechazo debían atravesar en el centro. También soltaban aves y conejos, a los que debían matar en su primer tiro. Los mejores cazadores eran festejados, cazaban por diversión y apostaban por ver quién era el más certero en los tiros con el arco y la cerbatana.

         El que acertaba más veces en el centro de la hoja de maguey o mataba la mayor cantidad de animales, ganaba las apuestas de mantas, joyas y bolsas de cacao que se hacían entre los tiradores.

Mixcóatl: serpiente de nube
Mixcóatl: serpiente de nube
Borgia 25

       La cacería era diversión de señores y príncipes, quienes, al igual que los hombres del pueblo, salían a cazar al monte y hacían sus apuestas. Por lo general los nobles cazaban en montes y bosques que tenían especialmente reservados para ellos. Los hombres del pueblo practicaban la cacería por diversión, aunque también lo hacían para comer y comerciar con las pieles de los animales cazados en los montes y otros sitios comunes.

         El dios de la caza era Mixcóatl, quien protegía y ayudaba a los hombres que salían a cazar. En el decimocuarto mes del calendario azteca (quecholli) la cacería se realizaba en honor del dios protector de los cazadores: los principales gobernantes, los amiztlaloque y el pueblo participaban en diversas ceremonias y una gran cacería.           

           El sexto día del mes de la celebración los hombres salían al monte para buscar cañas y varas. Cuando regresaban con su carga de cañas, las depositaban en el patio del templo de Huitzilopochtli. Posteriormente las cañas eran repartidas entre todos los asistentes para que en sus casas las limpiaran al fuego. Al día siguiente regresaban con ellas al patio del templo, donde todos eran convocados, mientras un numeroso grupo de muchachos desde la cima del templo tañían caracoles y flautas.

El gran templo de Huitzilopochtli

El gran templo de Huitzilopochtl

             Ese día era denominado “el día de las flechas”, ya que a lo largo de toda la jornada se agrupaban los cazadores y comenzaban a fabricar sus flechas. Todas debían ser de la misma medida, los casquillos de sus puntas eran largos y estaban hechos de roble. Las puntas eran fuertemente atadas con fibras de henequén torcido y, una vez que eran terminadas, las untaban con resina y después las ataban de veinte en veinte.

         Durante el onceavo día del mes se realizaba una gran cacería en el Zacatépetl. Cuando los cazadores —organizados en grupos de cincuenta— llegaban a esta montaña, encendían hogueras y pasaban la noche descansando en refugios hechos con ramas y follaje. La celebración principal de la fiesta del dios de la cacería comenzaba al amanecer del día siguiente. Los tiradores salían a cazar con sus arcos y flechas, extendiéndose en una gran ala que rodeaba la montaña, y comenzaban a subir las laderas. Conforme subían el cerco se hacía cada vez más pequeño.

         Así acorralaban venados, ocelotes, águilas, conejos y coyotes, que huían hacia la cima de la montaña. Finalmente, cuando los animales estaban amontonados y confundidos, los cazadores arremetían contra sus presas. Después cortaban las cabezas de los animales cazados y los tiradores se las llevaban a sus casas, donde las colgaban. Los cazadores más exitosos eran premiados con mantas y comida.

         La fiesta de la cacería terminaba con las ofrendas que se hacían al dios Mixcóatl, a quien rogaban protección e invocaban su ayuda divina para cazar muchos animales y para que los disparos fueran siempre certeros.

 

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