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Procreación
y placer femenino
Laqueur cuenta que en el siglo XVIII una joven cayó en estado de coma y todos la creyeron muerta. No obstante, un monje necrófilo se prendó de su belleza y "la poseyó" la noche del velorio; luego, el joven huyó sin saber que su amada había "resucitado". La felicidad de los parientes era completa, excepto por el inexplicable embarazo de la muchacha. Tiempo después, el monje regresó, supo lo ocurrido, confesó su falta y desposó a la joven. Laqueur sugiere que a mediados del siglo XVIII, la medicina veía este relato con escepticismo, pues parecía inconcebible que la mujer se embarazara sin haber participado activamente en el acto; es decir, sin placer y sin orgasmo. En cambio, los médicos que reexaminaron el caso 50 años después, ya en el siglo XIX, pensaron que la historia era completamente verosímil. A fines de la Ilustración, en el periodo entre estas dos interpretaciones, la ciencia médica dejó de pensar al orgasmo femenino como un fenómeno relevante para la procreación. Una sabiduría milenaria, que se remontaba a los griegos de la Antigüedad y que creía que "sin placer, ninguna cosa muerta venía a la vida" fue relegada al rango de una mera sensación exterior al proceso de procreación.
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La discusión sobre el placer femenino no era nueva. Según el historiador Jean-Louis Flandrin (Juan Granica, 1984. La moral sexual en Occidente, Barcelona) los teólogos de los siglos XVI y XVII enfrentaron tremendas dificultades para conciliar el discurso cristiano con las creencias procreativas. En esa época, el influyente texto de Aristóteles, La generación de los animales, enseñaba que la concepción ocurría cuando el semen irrigaba, por así decirlo, la sangre menstrual. El proceso era independiente del placer femenino, pues el menstruo era producido involuntariamente en el cuerpo de la hembra. En cambio, el tratado de Galeno De semine, que era otra autoridad de la época, explicaba cómo el semen del varón se unía a otra clase de semen femenino a través del acto sexual. Así, no había fecundación sin placer. O en otras palabras, si el acto sexual no conducía al orgasmo de la mujer debía ser, en rigor, condenado por los moralistas cristianos, pues no "propiciaba la procreación". Los teólogos católicos, explica Flandrin, no podían seguir del todo ni a Galeno ni a Aristóteles sin caer en complicadas dificultades doctrinales. Las ideas de uno concedían demasiada importancia al placer femenino, las del otro minaban los principios del sacramento matrimonial pues cuestionaban el débito conyugal. Como sea, los teólogos de la época llegaron a una solución intermedia: el placer femenino no era indispensable pero convenía para procrear hijos bellos y saludables. No obstante, el asunto era escabroso, pues diluía las fronteras entre reproducción y lujuria. ¿Qué hacer si el hombre eyacula antes que la mujer?, ¿deben los esposos excitarse antes de la penetración? Hay riesgo de polución, advertía el teólogo Tomás Sánchez. ¿Entonces puede masturbarse la mujer después del coito? Los religiosos aquí vacilaban; unos lo reprueban rotundamente temiendo, por ejemplo, que el varón se sintiera con derecho a masturbarse. Otros teólogos lo toleran a pesar de los riesgos.
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