Finalmente, hablemos del sida. En los países desarrollados, 92 por ciento de la gente con sida son hombres. Es cierto que las mujeres constituyen el grupo de pacientes que está creciendo más rápidamente y que el sexo desprotegido en una relación heterosexual pone en mayor riesgo a una mujer que a un hombre; sin embargo, 92 por ciento de los casos en Estados Unidos son hombres. Esta es la enfermedad más relacionada con el género que hemos experimentado. Por eso debemos empezar a hablar acerca de la ecuación entre la masculinidad y la tentación de correr riesgos. Me parece vital que abordemos al sida (al menos en parte) como una enfermedad de la masculinidad; de la toma de riesgos. Pensemos en el sexo seguro desde el punto de vista de la masculinidad. Para los hombres la expresión sexo seguro es un oximorón (es decir, una frase en donde dos palabras se anulan una a la otra como en el caso de enano gigante, inteligencia militar, o ciencias sociales). Lo sexual para ellos es apasionado, explosivo, impulsivo, espontáneo, mientras que lo seguro es suave, tibio, acariciable, así, cuando decimos "sexo seguro" lo que ellos escuchan en "dejen de tener relaciones sexuales como hombres". Por eso es tan difícil hacer que los varones heterosexuales practiquen el sexo seguro.

Entre los gays la respuesta al sida ha sido "cómo erotizar al sexo seguro". Por eso la tasa de infecciones nuevas entre la comunidad gay ha disminuido, porque el sexo aún confirma la masculinidad, pero en un contexto de seguridad. Si no fuera por la homofobia estaríamos pidiendo a los homosexuales que nos enseñaran a erotizar el sexo seguro, tenemos tanto que aprender de ellos. Las mujeres saben que la seguridad y el placer sexual no son opuestos, sino necesarios entre sí, pues ellas han sido responsables del control natal durante mucho tiempo.

 

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