Pero
el problema no son los hombres sino la definición tradicional de masculinidad,
la cual heredamos y tratamos de incorporar a nuestras vidas, aunque
finalmente nos deje una sensación de vacío. En Estados Unidos, los
movimientos más grandes de hombres son motivados por la espiritualidad,
porque sienten que su vida no tiene sentido, no es coherente. Por
eso pienso que los hombres no son el enemigo en la lucha por la salud
sexual y reproductiva y la equidad de género. Es la masculinidad tradicional
lo que mantiene a muchos hombres a la defensiva cuando se les presenta
una ideología de equidad ante las mujeres, los gays, etcétera.
Esto
funciona en seis áreas: paternidad, educación, violencia, violencia
sexual, sexualidad y sida.
Para
que los hombres sean buenos padres no basta con motivación, también
se requieren políticas adecuadas tales como licencias de paternidad.
Las mujeres demandan guarderías apropiadas, horarios flexibles y licencias
de maternidad, pero eso no sólo es asunto de ellas, sino de las parejas.
Cuando los hombres se identifiquen como padres también exigirán esos
derechos. Sin embargo, la invisibilidad de la masculinidad lo dificulta
mucho.