Braille trabajó
sin descanso hasta que cinco años después apareció
el primer libro impreso con su método y que llevaba su nombre.
Como si fuera una ironía del destino, había tenido que
usar un punzón igual que el que lo había dejado ciego.
La realización de su libro le había costado cinco años
de arduo trabajo por la terrible enfermedad que padecía, misma
que lo llevaría a la tumba a los 43 años.
Sirviéndose
de un enrejado rectangular con seis agujeros, Louis Braille inventó
63 combinaciones diferentes: además de las letras del alfabeto,
representaban los signos de puntuación y las abreviaturas de
ciertas palabras muy cortas.
En 1836, a
la edad de veintisiete años, Braille había reunido unos
textos escogidos de John Milton en ese método. Poeta ciego, en
el curso de la conferencia que dio en el Instituto, ante alumnos suyos
y profesores delegados de otras escuelas, demostró que podía
escribir perforando a un ritmo casi tan rápido como el de la
palabra. A continuación releyó lo que había escrito
a casi la misma velocidad que una persona normal.
Pero sus colegas
celosos le dijeron que había aprendido el texto de memoria y
su sistema fue rechazado para emplearse en las escuelas para ciegos,
ya que se seguía prefiriendo la educación con la escritura
en relieve. Braille le enseñó el método a sus alumnos,
perforó también símbolos matemáticos y les
enseñó a resolver ecuaciones. Poco después creó
un código de anotaciones musicales y se convirtió en un
hábil organista.
Louis Braille
Braille se enteró en las postrimerías de su enfermedad
del triunfo de su método. El llamado sistema Braille ha alcanzado
tanta importancia en la educación para los ciegos, que desde
1895 el apellido de su inventor figura en los diccionarios como una
palabra más. Su sistema ha sido incluso adaptado al idioma chino
y todos los meses en el mundo entero se publican gran número
de revistas con dicho sistema.
El busto de
Louis Braille, colocado sobre la fachada de la pequeña guarnicionería
de Coupvray, representa con claridad la visión de este francés,
ya que cuando muchos bustos de piedra parecen privados de la vista,
éste -que perpetra el recuerdo del genial ciego- posee unos ojos
plenos.