Con
el tiempo este lenguaje se enriquece según el ambiente,
la educación y el nivel socioeducativo y cultural del
niño; de ahí la importancia de proporcionar alternativas
de enriquecimiento lingüístico a los pequeños
(como lecturas, conversaciones, introducción de vocablos
nuevos y, cuando es mayor, ayudarlo a buscar la definición
de palabras nuevas), porque de la abundancia, exactitud y precisión
de los vocablos que utilice, podrá tener un pensamiento
más o menos rico y fértil.
Jean Piaget estudia el lenguaje del niño a través
del juego, en donde se combinan palabras, mímica, gestos
y movimientos. Observa la adquisición del idioma y la
evolución de éste en dos procesos que tienen igual
punto de origen, pero que van en direcciones opuestas: el lenguaje
social, con el cual el niño se comunica cada vez mejor
con sus congéneres, y otro proceso que propone llamar
lenguaje o pensamiento egocéntrico, es decir, que sirve
al sujeto para hablarse a sí mismo y para que evolucione
su lógica infantil hasta convertirse en su pensamiento
propiamente dicho.
El
lenguaje social del bebé comienza con el balbuceo, que
consiste primero en escucharse a sí mismo y luego una
"conversación" en voz alta, como un acompañamiento
a lo que hace. Posteriormente, con el lenguaje socializado el
niño intenta una comunicación: en ocasiones pregunta
por el placer de preguntar, intercambia impresiones con los
demás, ruega, ordena, amenaza, transmite información
y cuestiona.
Por
otro lado, el lenguaje egocéntrico es creado por el propio
niño para satisfacción de sus necesidades personales,
y así lo usa y lo maneja. Este lenguaje tiene una función
para el niño: ayudarlo a solucionar problemas. Él
habla para sí, con la idea de poner orden en su mente,
para intentar entender y remediar problemas hablándose
a sí mismo.
La
diferencia esencial entre estos dos polos del lenguaje radica
en su función: el egocéntrico permite al niño
hablar sobre sí mismo, sobre cómo ve el mundo,
pero sin tomar en cuenta a su interlocutor (sólo es eso,
un escucha para él): no trata de comunicarse ni espera
respuestas, las suyas le satisfacen. A menudo ni siquiera le
interesa que otros lo escuchen: cuando está en sus juegos
y fantasías, habla para sí y con eso es suficiente;
es un habla similar a un monólogo. El pequeño
comienza a conversar consigo mismo cuando las circunstancias
lo fuerzan a detenerse y reflexionar: empieza a conversar en
voz alta y luego a pensar en un lenguaje interiorizado