Sinopsis
El pensamiento es un lenguaje interior, de ahí la importancia en la adquisición de la lengua durante los primeros años del desarrollo y su enriquecimiento a lo largo de la vida. Con el uso de la palabra el niño emprende dos vías: una externa mediante un uso social del lenguaje, para comunicarse con sus semejantes; y otra interna, para convertirlo posteriormente en su pensamiento.

 

El lenguaje humano nace con los primeros balbuceos y alcanza niveles de abstracción muy altos, como el lenguaje matemático. Es un camino que va de la simple expresión de sonidos -en la que lo único importante para el bebé es escucharse y gozarse a sí mismo- al desarrollo de ideas creativas elaboradas para el bienestar común y la expresión de sentimientos y conceptos sublimes e idealistas.

La adquisición del idioma materno en el niño, que comienza con la emisión de ruidos y balbuceos en los primeros meses y su posterior transformación en palabras, tiene sobre todo en el segundo y hasta cumplir los tres años un desarrollo impresionante, puesto que la posibilidad de utilizar el lenguaje es una de las características más emblemáticas de la raza humana.

Este lenguaje en los primeros años de vida, está cada vez mas influido por las leyes de la experiencia y la lógica común que rigen el ambiente cultural. Es el puente comunicativo que tiende cada individuo para conversar, aceptar y ser aceptado. Es la capacidad comunicativa de la lengua la que posteriormente servirá de base al código de la lecto-escritura, con el cual los humanos tienen acceso al pensamiento de otros seres, pueblos y culturas, rompiendo así las barreras del espacio y el tiempo.

La importancia de adquirir el lenguaje estriba en que éste, a su vez, es el nacimiento del pensamiento: pensar es hablarnos en voz baja a nosotros mismos o, como decía el poeta Antonio Machado: "hablar con ese otro que siempre va conmigo".

El desarrollo del pensamiento puede comprenderse escuchando a los pequeños; porque una vez que el lenguaje está formado y estructurado en el niño, éste se comunica y poco a poco va interiorizándolo hasta convertirlo en un lenguaje silencioso, únicamente escuchado por él.

 

 

 

Con el tiempo este lenguaje se enriquece según el ambiente, la educación y el nivel socioeducativo y cultural del niño; de ahí la importancia de proporcionar alternativas de enriquecimiento lingüístico a los pequeños (como lecturas, conversaciones, introducción de vocablos nuevos y, cuando es mayor, ayudarlo a buscar la definición de palabras nuevas), porque de la abundancia, exactitud y precisión de los vocablos que utilice, podrá tener un pensamiento más o menos rico y fértil.

Jean Piaget estudia el lenguaje del niño a través del juego, en donde se combinan palabras, mímica, gestos y movimientos. Observa la adquisición del idioma y la evolución de éste en dos procesos que tienen igual punto de origen, pero que van en direcciones opuestas: el lenguaje social, con el cual el niño se comunica cada vez mejor con sus congéneres, y otro proceso que propone llamar lenguaje o pensamiento egocéntrico, es decir, que sirve al sujeto para hablarse a sí mismo y para que evolucione su lógica infantil hasta convertirse en su pensamiento propiamente dicho.

El lenguaje social del bebé comienza con el balbuceo, que consiste primero en escucharse a sí mismo y luego una "conversación" en voz alta, como un acompañamiento a lo que hace. Posteriormente, con el lenguaje socializado el niño intenta una comunicación: en ocasiones pregunta por el placer de preguntar, intercambia impresiones con los demás, ruega, ordena, amenaza, transmite información y cuestiona.

Por otro lado, el lenguaje egocéntrico es creado por el propio niño para satisfacción de sus necesidades personales, y así lo usa y lo maneja. Este lenguaje tiene una función para el niño: ayudarlo a solucionar problemas. Él habla para sí, con la idea de poner orden en su mente, para intentar entender y remediar problemas hablándose a sí mismo.

La diferencia esencial entre estos dos polos del lenguaje radica en su función: el egocéntrico permite al niño hablar sobre sí mismo, sobre cómo ve el mundo, pero sin tomar en cuenta a su interlocutor (sólo es eso, un escucha para él): no trata de comunicarse ni espera respuestas, las suyas le satisfacen. A menudo ni siquiera le interesa que otros lo escuchen: cuando está en sus juegos y fantasías, habla para sí y con eso es suficiente; es un habla similar a un monólogo. El pequeño comienza a conversar consigo mismo cuando las circunstancias lo fuerzan a detenerse y reflexionar: empieza a conversar en voz alta y luego a pensar en un lenguaje interiorizado

 

En cambio, el lenguaje social permite al niño introducirse en la cultura y la lógica del grupo en el que se desarrolla. Las conversaciones en la infancia van de esa manera personal de ver las cosas; al compartir no sólo un idioma sino una ideología, unas creencias y una forma de ver la vida.
El desarrollo del lenguaje va en ambas direcciones: el lenguaje social y el pensamiento íntimo personal. Conforme el niño crece y adquiere mayor dominio de la lengua, el tiempo de utilización del lenguaje social va en aumento: a los dos años podemos encontrar más pensamiento egocéntrico que social, y esto va cambiando durante la etapa preescolar hasta que a los 7 u 8 años se diferencia claramente el lenguaje social a través del cual se comunica con su familia, amigos y personas de su medio ambiente, y el lenguaje interiorizado, que se ha convertido en su "plática silenciosa" o pensamiento, el cual continúa desarrollándose a lo largo de la vida en la medida que el individuo lo cultiva y enriquece.

 

 

 

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