Nombrar
lo que no se ve, oye, huele, sabe o toca, es un claro ejemplo
del poder inteligente del idioma y tiene su inicio en este segundo
año de vida, en el que se adquieren palabras que implican
una incipiente capacidad de abstracción como el concepto
del "no", que inicialmente implica el rechazo del
niño ante algo que no le gusta o no quiere, y que lo
manifiesta al mover la cabeza de un lado a otro, o con gestos
faciales que indican su negativa. Posteriormente él adquiere
la palabra "no" y comprende el significado de la negación,
y con ello da señales que indican la formación
del pensamiento abstracto.
Si
bien el niño desde muy pequeño es capaz de mover
su cabeza de uno a otro lado, de cerrar la boca y mostrar abiertamente
su rechazo a la comida expresando su negativa, alrededor del
segundo año aprende a decir "no", en un sentido
de autonomía. Sin que haya razones o explicaciones, él
sabe decir "no".
Este
"no" lo aprende de los padres, quienes a lo largo
de su corta vida le han repetido infinidad de "nos",
por ejemplo: no llores, no tomes ese florero, no te salgas,
no te levantes, no lo rompas, etcétera. Adquirir el concepto
"no" es comprender el sentido de la prohibición,
de lo que no debe hacer, no puede decir o no hay, pero cuando
adquiere significado la palabra en la mente del niño
es cuando el enfrenta al mundo y dice por sí mismo "no",
imponiendo su voluntad, reafirmando su yo y definiendo su autonomía.
Es
muy común que a esta edad el niño tenga conductas
que los mayores tachan de negativistas, porque él quiere
comer solo, hacer las cosas por sí mismo, se niega a
vestirse o a desvestirse, no quiere bañarse ni salirse
del agua una vez que el baño terminó, él
quiere decidir las pequeñas alternativas que a lo largo
del día se le presentan, como elegir qué blusa
ponerse, recoger o no sus juguetes, saludar o no a las visitas,
prestar o no sus cuentos, ir o no a dormir, etcétera.