¿La seriedad caracteriza a Mario Vargas Llosa? Bueno, sí, tal vez en ocasiones; pero no cuando tecleó para nosotros La tía Julia y el escribidor.

.....Hay autores que de ser tan sólo nombrados, nos obligan a engolar la voz y nos provocan desear tener a la mano un vestido largo o un frac. Es tanta la sapiencia, enorme la corrección y tan abrumadora la solemnidad, que acometer la lectura de sus obras requeriría por lo menos de un ritual. Vargas Llosa se transforma al crear La tía Julia y el escribidor (que no escribiente, escribano o escritor). Tanto se transforma que, al rebasar las 500 páginas, el lector comienza a lamentar que se acerque el fin de la novela.

.....Larga en extensión, pero breve en su tiempo de lectura. Relato fluido que se va más rápido que una cita de amor. Libro peligrosamente adictivo que uno desearía que fuese como las radionovelas de los años 50, prometiendo al día siguiente un nuevo capítulo: a la misma hora y por la misma estación.

.....Partiendo de notas autobiográficas -afirman las malas lenguas que le costó una demanda al escritor y que lo obligaron a cambiar la portada de la primera edición-, el autor cuenta dos historias que constituyen la columna vertebral del relato. Por un lado es la crónica de las andanzas de Varguitas, el mismo Vargas Llosa que durante los años cincuentas apenas soñaba con llegar a vivir como escritor -vivir decentemente, ya que sobrevivir se puede. El joven Mario se enamora de la guapísima Julia, una mujer de mayor edad que él, pero que los caprichosos azares de la vida la convierten en su tía, y además la han colocado en la mitad de su camino: justo lo necesario para un tropiezo amoroso.

.....Por otro lado aparece Pedro Camacho: escribidor de melodramas radiofónicos, que ha llegado en plan de divo de las letras y los índices de audiencia para trabajar en la misma estación donde Varguitas aporrea la máquina de escribir y encuentra tiempo para cafeteras escapatorias. Entrañable personaje ese Pedro Camacho quien, como portentoso Dumas, llena un sinnúmero de páginas en las que se plasman los amoríos, entuertos, cavilaciones, canalladas, desaires, apasionados besos y crueles abandonos que habrán de escenificar los actores de la voz, en cada una de las emisiones radiales.
Demencial sujeto que se disfraza para encarnar a sus personajes y convocarlos. Prolífico escribidor que, por exceso, llega al punto quiebre y en quijotesca regresión mezcla personajes y dramas que crean el desconcierto y la indignación de algunos de los escuchas; mientras otros, morbosamente, se encantan con un motivo para esperar nuevos desenlaces... a la misma hora e igual sintonía.

.....La tía Julia y el escribidor constituye también una fina caricatura de la sociedad urbana de los años cincuenta. Cómico retrato que no respeta fronteras y nos recuerda al Varguitas o a la tía Julia, personajes que toda familia de esa época albergaba en su seno. Además del humorismo intencionado con que Vargas Llosa adereza y condimenta su obra, habrá que reconocer que también el tiempo transcurrido y los cambios que en las formas de pensar y actuar, han potenciado la cáustica mofa del autor.

.....Hay en el mercado más de una edición de La tía Julia y el escribidor. La diferencia en todo caso está dada por su precio; ya que, escrita en castellano, ni siquiera existe preferencia por una traducción determinada. Le sugerimos buscar la edición de Punto de encuentro que, hasta que no se demuestre lo contrario, encontramos con menor costo.

VARGAS LLOSA, Mario. La tía Julia y el escribidor. España, Punto de encuentro, 2001.


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