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Ramón Cordero G. Para muchos la literatura puede ser casi adictiva. Claro: entendiendo esto último en su mejor sentido, en ese tener que regresar inevitablemente al goce de leer y releer un relato. Al ser convidados por el autor participamos de una historia, que no es la nuestra ni nos resulta próxima; pero que en calidad de testigos, al comprometernos o ser atrapados por la trama, la hacemos propia y cercana. Al menos durante el momento íntimo de la lectura, vivimos otras vidas posibles: tal vez ahí radique el fermento más vigoroso para hacer crecer una afición lectora. Seda, de Alessandro Baricco, pertenecería a ese grupo de obras en las que resulta difícil decidir si se trata de una novela corta o de un cuento largo. En todo caso ese asunto no interesa, es lo de menos. Lo que importa es que, como un velo, como una pieza de seda, nos envuelve, acaricia y ciñe. Una vez que hemos comenzado a extender -mediante la lectura- el exótico género, evitaremos a toda costa dañarlo o fragmentarlo con el desgarrón que implica la interrupción de la lectura. Sin duda alguna, usted como lector caerá más fácilmente en la tentación de volver a leerlo que en la de parar a la mitad. Ahora que si la fuerza de lo cotidiano le obliga a ello, buscará el rato clandestino que dan las horas de la media noche y la madrugada, para iniciar nuevamente hasta terminar. La trama es de lo más sencilla, hasta cierto punto lineal, al igual que la seda que le da nombre al libro. En apariencia es una historia de amor. Pero no es así: para ello tendría que haber correspondencia, al menos una posibilidad. En Seda lo que se hila es una posible historia de amor, lo que el protagonista hubiese querido, pero lo que la geografía, el tiempo y la cultura harían imposible. Así pues, Seda relata un amor imposible, improbable y, por tanto, frustrado. Vale la pena puntualizar que Seda tiene como contexto el mercado y la ruta de los gusanos de seda entre Europa y Japón, durante la segunda mitad del siglo XIX. Tiempos aquellos en los que epidemias larvarias, imposibilitaban el uso de gusanos procedentes de los sitios tradicionales más cercanos. Tiempos también en los que, un Japón hermético y cerrado sobre sí mismo, hacían del francés Hervé Joncour, una amenaza. Ver comentarios |
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