Por Ramón Cordero G.
No debió ser cosa de risa encontrarse con una embarcación
pirata del siglo XVII, mientras el barco en el que uno viajaba, realizaba
esforzada travesía ente el viejo y el nuevo continente. Si se
corría con suerte (vaya suerte) la aventura terminaría
brevemente con un sable atravesado en la mitad del pecho. Si la mala
fortuna era la compañera, quizá a una sesión de
crueles torturas, siguiera un largo período de esclavitud culminado
con la muerte.
A la distancia, aquellos viejos piratas han terminado
por volverse entrañables y hasta románticos: las ventajas
de no haber nunca caído en sus manos. En apego a los relatos
de las víctimas, eran crueles, despiadados, sanguinarios, oportunistas
y criminales, pero a cambio tenían una sola virtud, pobre, pero
virtud al fin y al cabo: la de tomar el riesgo de su oficio.
Cuando la bucanera nave salía en pos de alguna
víctima, la tripulación lo hacía en el entendido
de que en cada correría se jugaba la vida. A veces el abordaje
era tarea fácil y mínimo el riesgo. En otras ocasiones,
bien fuera por las defensas de a bordo o la valentía de los tripulantes,
la trifulca dejaba a varios de los corsarios en oportunidad de estrenar
un parche, una pata de palo o un reluciente garfio. Seguramente también,
más de una vez, terminaron su fallida empresa colgados del más
alto de los mástiles.
Como sucede en la naturaleza, lo que no evoluciona y no
se adapta se extingue: una regla que también ha operado para
el oficio de la piratería, que hoy toma distintos caminos para
hacerse de tesoros con mucho menor riesgo y mayores certezas de éxito
en eso de apropiarse del producto del trabajo de los demás. Así
no nos resulta extraño escuchar hablar de la piratería
de ropa, discos, películas y de un sinfín de productos,
en los que el pirata copia y roba talento, marca, esfuerzo y derechos
de otros.
Lo sorprendente es que los libros, que se habían
mantenido fuera del interés de los modernos corsarios, ahora
son uno de los botines codiciados. Los editores se han dado cuenta del
plagio, porque cada vez les es más fácil encontrar volúmenes
de alguna obra de la que poseen los derechos, y ellos no han impreso.
Al igual que los discos y las películas copiadas clandestinamente,
se esperaría que estos libros se distribuyeran únicamente
en puestos ambulantes. Así es: se consiguen en puestos y bazares
informales, pero también en librerías perfectamente establecidas.
Signo inequívoco de que estos piratas literarios no son una partida
de novatos aficionados, sino una organización que opera de manera
profesional en la producción, comercialización y distribución
de los ejemplares. Un negocio en grande, para ser más claros.
¿De qué tamaño es este negocio ilegal?
Resulta difícil saber. Las organizaciones de editores creen que
uno de cada 10 libros es pirata, pero el cálculo es complicado
al no saber cuántos ejemplares falsos se venden y en dónde.
La industria editorial ilegal no paga impuestos ni derechos, y con esto
queda fuera de cualquier control que permita saber su magnitud.
Seguro alguien pensará que, a pesar de ser ilegal
la copia de libros, los lectores salen beneficiados al poder conseguir
algunos títulos a un precio menor. ¡Falso!

Primero, porque los precios no varían gran cosa con respecto
al que se consigue en librerías de grandes ventas (aunque hay
algunas librerías donde exageran con los precios, hay que reconocerlo).
Segundo, porque el éxito de ventas de algunos ejemplares
permite a las editoriales producir otros títulos o dar oportunidad
a autores que son menos conocidos (que puede ser obra valiosa, aunque
tenga una demanda menor). Dicho con otras palabras: la compra masiva
de algunos libros, permite dar a conocer otros. Si las ventas legales
caen y las editoriales disminuyen sus utilidades, es previsible que
también disminuya la inversión en textos que no ofrecen
garantías como negocio. Así la oferta al público
lector se hace menos variada y amplia.
Tercero: los autores también se ven afectados,
ya que sus regalías (pago por cada ejemplar comercializado),
dependen exclusivamente de los libros publicados y vendidos de manera
legal. Y si muchos de estos escritores lo hacen por amor al arte, tampoco
hay que olvidar que comen y pagan renta como cualquier persona normal.