La obesidad en México es considerada como un problema de salud
pública. Esto es un problema médico que afecta a un número
tan importante de personas, que requiere de atención sistemática
por parte de las instituciones responsables. El cambio en las formas
de vida a un estilo cada vez más sedentario es una de las causas,
pero la otra —igual de importante— es la modificación que ha
sufrido nuestra manera de comer.
Cada vez con más frecuencia —y tal vez en mayores cantidades— consumimos alimentos industrializados excesivamente ricos en calorías. Gajes de la vida moderna en la que el tiempo para preparar y consumir alimentos en casa es cada día más escaso.
Salir temprano sabiendo que invertiremos mucho tiempo en transporte para llegar a la escuela o el trabajo, hace que frecuentemente desayunemos de manera muy ligera; así es seguro que a media mañana tendremos el hambre suficiente como para engullir aquello que se ponga a nuestro alcance. Igualmente, el tiempo que pasará antes de que llegue la hora de la comida posiblemente nos obligue a tomar un tentempié.
Eso no es grave, ya que muchos de los especialistas en nutrición recomiendan que no dejemos grandes lapsos sin alimentar a nuestro organismo; incluso algunos proponen que es mejor realizar hasta cinco comidas más ligeras durante el día. Lo importante es lo que elegimos comer a manera de almuerzo.
Quienes ya tienen tiempo en este quehacer docente habrán notado la mayor frecuencia de niños y niñas con sobrepeso entre nuestros estudiantes. Hace décadas “el gordito del salón” era una excepción, ahora tiende a ser lo común. De no mejorar la tendencia, juguetonamente hasta podría pensarse que en el futuro quien será señalado es “el flaquito del grupo”.
Con demasiada frecuencia buscamos y encontramos la culpa en casa. En primer lugar, los padres y los malos hábitos alimenticios que han inculcado en sus hijos. Y es que ciertamente es terrorífica la regularidad con la que padres obesos tienen a su vez niños y niñas con un peso mayor al que corresponde a su talla y edad. Luego están las interminables horas que una madre o un padre atareado permiten que el niño pase frente al televisor, la computadora o jugando con algún videojuego.
Es cierto: hay circunstancias de la nueva organización familiar que limitan las opciones alimenticias y de actividad física, pero el problema es bastante más complejo y se extiende también al ámbito escolar. De una u otra manera, nosotros como docentes y nuestra institución, también tenemos algo de culpa.