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Ramón Cordero G. |
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| Juan Abecedario trabajaba en una tabaquera del estado de Veracruz. Liar puros no había sido nunca su sueño dorado; pero en el pequeño pueblo, que dependía prácticamente del cultivo del tabaco, no había muchas otras ocupaciones posibles. Lo suyo era contar historias y leer. Por sobre todas las cosas, leer. Desafortunadamente, ahí donde él vivía no parecía haber mucha gente dispuesta a pagarle un salario por hacer de la lectura un oficio. | ||
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Juan Abecedario era
una de esas personas a las que la letra impresa le jala los ojos. Un periódico
viejo, una revista de cualquier tema, algún libro encontrado al
azar, el programa de una pelea de box, los anuncios pegados en las paredes.
Todo era una provocación a la lectura y, por supuesto, también
a la ensoñación. Cada texto le invitaba a imaginar alguna
de las vidas posibles que habría podido tener. Sin tener un gusto particular por la confección de puros y siendo algo torpe con las manos, llegó el día en que, manipulando una de las cuchillas empleadas para quitar las nervaduras a las hojas del tabaco, se hizo una profunda cortada en los dedos índice y pulgar. Malo para el acabado de los cigarros e inutilizado al menos temporalmente, lo probable es que terminara perdiendo el trabajo. |
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