Ramón Cordero G.

 

—¡Muchachos, señoritas! Pongan a buen recaudo todas sus cosas, porque hoy haremos un ejercicio de literaria apreciación.

Todo el grupo se quedó con los ojos redondos cual platos. Era una de las primeras clases con el maestro Góngora y aún no le conocían el estilo.

—Voy a leerles algunos fragmentos de esta obra. Escucharán con atención, para luego verter su opinión en una inmaculada y alba hoja de papel.

—¿Pero qué decía el maestro Góngora? —se preguntaban todos—, ¿en qué idioma hablaba?


A todos les constaba haberlo escuchado en el patio. Hablando normal, repartiendo regaños entre los que pateaban desordenadamente las pelotas y animando con porras a los integrantes de algún equipo escolar. Vamos, si a veces hasta parecía que se le pasaba la mano con alguna maldición.

El maestro Góngora se hacía cargo de la cátedra de Español con todos lo grupos de la secundaria. Cultísimo y agradable profesor, que hacía las delicias de cuantos tenían la oportunidad de escuchar su florido y harto elocuente discurso. Nacido en uno de los puertos del país, cargaba sobre sí el estigma de pertenecer a un lugar donde lo propio, lo común, era tener una lenguaje cargado de picardía, altisonancias y procacidades. Por ello había decidido estudiar literatura.

 

Comenzar a leer a diversos autores muy pronto se transformó en pasión. Palabras nuevas y también las muy distintas formas de expresarlas, constituyeron el alimento para un espíritu que vagaba en pos de la belleza escrita. Bajito y regordete, tropicalmente travieso, había sido capaz de mezclar en su propio estilo de expresión la elegancia de las grandes plumas con la canallesca habla del granuja..

Ávido lector de cuanto impreso caía en sus manos, tenía una debilidad: una inclinación desmedida hacia los autores del Siglo de Oro español. Furibundo aficionado a culteranismos y retruécanos. Apasionado de la filigrana literaria.

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