
Ramón Cordero G.
Varios
meses llevaba Gabriel mirando a la muchacha de los ojos bonitos. Sí,
semanas y semanas con la boca abierta y sintiendo derretirse el corazón.
Tan tímido, que hacía más esfuerzo en buscar pretextos
para no hablarle, que en encontrar la forma de abordarla. Y es que no
era común y corriente, al menos para Gabriel: era por demás
especial.

Por
cierto no era el único. Cual enjambre de moscardones, todos los
compañeros revoloteaban a su alrededor. ¿Moscardones?
¡Zopilotes planeadores buscando la ocasión! Más
cohibido se sentía cuando se daba cuenta de que a todos los había
mandado a volar. Deportistas, guapetones, chistosos, aplicados habían
escuchado el sonar de las cajas destempladas.

—¿Yo
pretenderla? Mejor me ahorro el desaire.
—¿De qué le voy a hablar?
—Me sudarán las manos, mi cara enrojecerá.

Ésas
eran las cuitas de Gabriel. No tenía ni un pretexto para dirigirle
la palabra. Ya no para enamorarla, ni siquiera para trabar una amistad.
Uno a uno habían caído los rivales. Las fórmulas
probadas para conquistar, con esa bella criatura, habían fracasado
todas. Nada parecía que la pudiera impresionar.
Gabriel observaba atento. Sus pronósticos hacía y encontraba
los errores. A ese le puso mala cara cuando intentó demostrarle
saber más de la materia que ella domina. Aquel otro encontró
su fin por ser tan insistente. Uno más que pierde al fingir que
le interesa lo mismo. A los que presumen de guapos... ni siquiera los
mira.
Ver comentarios
SIGUIENTE