Marsilio Ficino intentó revivir la antigua tradición mediterránea sobre la belleza y el significado. En sus comentarios a la obra de Platón, Ficino sintetizó mucho de la apreciación antigua de la belleza, como uno de los ideales más altos del mundo espiritual. Para Ficino, el ser humano conoce el mundo a través de la contemplación que, más que una actitud pasiva, implica una acción dinámica del espíritu humano donde la mente, el oído y el ojo están involucrados. El acto contemplativo sustrae al ser humano del mundo de la experiencia y promueve la introspección y el contacto con la divinidad.

Como Ficino el artista Miguel Ángel siguió un esquema neoplatónico, pues creía que lo divino se refleja en la tierra y que el ser humano ama ese reflejo por lo que representa. En este contexto, Miguel Ángel dio gran importancia a la idea de belleza y cómo se manifiesta en el mundo. A diferencia de lo que establecía la tradición clásica, Miguel Ángel creía que la belleza no se expresa en el orden y medida, ni estaba obsesionado por la simetría. Para él, hay algo en las pinturas y esculturas que encarna la belleza eterna y es de índole expresiva. La belleza impregna al objeto porque el artista la tiene primero en su cabeza y después la imprime, más bien la “descubre”, en la pintura o en la piedra. Para él, este proceso —descubrir la belleza en el material— requiere de la capacidad creativa del artista.

 

 

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