*Entrevista publicada originalmente en la revista Desarrollo académico (UPN), año 11, septiembre-diciembre 2003, no. 31.

Jorge Luis Herrera

Para Pilar Aramayo

El pintor Raúl Anguiano (1915) nació en Guadalajara, Jalisco. De niño descubrió su vocación por el dibujo y la pintura. Durante gran parte de su vida fungió como maestro. Su principal tema de inspiración ha sido México. Ha expuesto en las principales ciudades del mundo y pintado diversos murales en México y Estados Unidos. Es uno de los muralistas sobrevivientes de la Escuela Mexicana de Pintura. “Pertenezco al movimiento posrevolucionario y cultural del Muralismo que, como dijo el filósofo Samuel Ramos, palabras más, palabras menos: ‘culturalmente es la flor más alta de la Revolución Mexicana’”, dice. Con el paso del tiempo se ha constituido como uno de los pintores mexicanos más importantes. En esta entrevista platicó sobre algunas nociones de su pintura, su larga vida, y sobre su mural de setenta metros cuadrados pintado en el East Los Angeles College, California.

¿Cuándo incursionó en la pintura?

No he dejado de dibujar ni de pintar desde los cuatro o cinco años de edad. Como todos los niños me expresé por medio del dibujo. Desgraciadamente la mayoría de los adolescentes abandonan ese lenguaje gráfico por mala orientación o porque no les interesa. Siempre he plasmado lo que he visto: los paisajes, los habitantes, los campesinos y peones de los ranchos... he pintado México. Como viajo mucho también he pintado otros países; acostumbro llevar algún cuaderno de dibujo, de hecho el libro publicado por Microsoft de México, Anguiano íntimo, está basado en mis cuadernos de viaje. Toda mi obra está enraizada en la tierra y cultura que me formó. Mi obra es nacional, no nacionalista, porque no soy chovinista ni anti de ningún tipo. En 1992, durante la celebración del 450 aniversario de la fundación de la ciudad de Guadalajara, me homenajearon y me definieron como “Jaliscience Universal”.

En mi actividad pictórica también han influido las oportunidades que he tenido en mi vida, por ejemplo, en 1949 formé parte de la primera expedición a Bonampak, en la selva Lacandona. Mi diario de viaje y mis pinturas son casi el único testimonio que existe. La expedición terminó trágicamente con la muerte de Carlos Frey, descubridor de la zona arqueológica de Bonampak, y de Franco Lázaro Gómez, grabador chiapaneco. De ahí en adelante he convivido con algunas etnias indígenas y las he pintado; ese es sólo un aspecto de mi obra, porque también me gusta mucho dibujar mujeres desnudas. Durante 32 años fungí como maestro de dibujo de figura humana desnuda en las instituciones del INBA y fui uno de los fundadores de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”. Mi producción ha sido muy variada y amplia.

Hace unos días, un conocido mío me trajo un cuadro llamado Danzantes de Zapopan, para que lo autentificara. Lo pinté a los dieciocho años, pertenece a una serie de más de veinte cuadros que vendí en veinte pesos antes de salir de Guadalajara. Este coleccionista lo adquirió recientemente a un precio muy bajo: veinte mil dólares aproximadamente; modestia aparte, es un cuadro tan bueno como un Diego Rivera temprano.