Ramón Cordero G.

 

—¿Un primo africano? No... no que yo recuerde.

—Por supuesto: todos lo tenemos.

—¿En verdad? No lo creo, no había escuchado nada de eso. Tal vez estaba distraído, como cuando hablaron de un tío que se había ido de migrante.
—La genética lo comprueba.

—¿Qué? ¿Me hicieron una prueba cromosómica o qué cosa?

—Algo parecido.

—¿Es en serio?

 

Absolutamente en serio. Al menos eso parecen demostrar las investigaciones del genetista Spencer Wells. Según este científico, todos los humanos que poblamos el planeta provenimos de un mismo grupo. Así lo muestran las comparaciones que ha hecho en la estructura del ADN (ácido desoxirribonucléico) de personas que viven en todo el mundo.

 

 

Wells dice que entre más parecida es la cadena de ADN de dos grupos distintos, más cercano es su parentesco. Entre más diferencia hay, el lazo familiar es más lejano. El caso es que la diferencia máxima entre dos personas cualquiera es de sólo 0.01 %, es decir... prácticamente nada. Ah, pero la novedad es que la mayor diferencia se encuentra en un grupo que habita el cono sur de África, la etnia San, que está constituida por unas 100 mil personas.

Con la misma lógica de sus hipótesis iniciales, los San vendrían a ser el eslabón más lejano. La madre de todas las etnias. De hecho, conociendo las diferencias genéticas de las diversas regiones y el tiempo que llevan las modificaciones, Wells pudo darse cuenta de que la gran migración —y también la diferenciación— comenzó hace aproximadamente 50 mil años.