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Una
costumbre ya tradicional entre las personas cuando acuden a comprar
carne de pollo, consiste en revisar cuidadosamente el despojo
de animal. Que no tenga manchas extrañas, coágulos
de sangre, golpes aparentes o cualquiera otra cosa que hiciera
sospechar de la buena calidad.
.....Quizá
el color de la misma carne, grasa y pellejos sea lo que más
llama la atención. Un color amarillo “saludable”,
que encanta a cocineros y cocineras, ya que a su vez dará
origen a un caldo o consomé de la mejor apariencia. Pollos
amarillentos que, a fuerza de ser solicitados, han hecho de la
decoración avícola toda una especialidad. Imaginemos
al consumidor, de pie ante el mostrador, examinando detalladamente
cada ejemplar, cuando accidentalmente topa con un paliducho explumífero.
.....Lo
primero que pasa por la cabeza es una sombra de duda:
.....—
¿Estaría anémico ese pollo? ¿Habrá
muerto por enfermedad?
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.....Nada
de eso. Pollos y gallinas poseen, de manera natural, una carne
de tono rosado claro, que nada tiene que ver con algún
mal. Somos nosotros, los comedores de gallináceas, quienes
hemos obligado a los granjeros a introducirse en el arte del maquillaje
animal.
.....El
porqué no tiene ninguna ciencia. Basta con recordar los
tiempos pasados anteriores a la primera mitad del siglo XX. En
aquellos días, mucho del huevo, así como la carne
de pollos y gallinas era producido en ranchos y pequeñas
granjas. En esa época, las aves domésticas acostumbraban
vivir en el traspatio de las casas o en pequeños corrales;
nunca en jaulas como las que ahora podemos ver. Así pues
era costumbre alimentarlos con granos de maíz que se arrojaban
al suelo o se ofrecían en rudimentarios comederos. Claro,
las aves golosas y curiosas, luego de su maicera alimentación,
buscaban algún postre y una que otra botana. Gusanos, insectos,
flores y hojas de algunas plantas, complementaban su nutrición.
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