Ramón Cordero G.

 

 

Una costumbre ya tradicional entre las personas cuando acuden a comprar carne de pollo, consiste en revisar cuidadosamente el despojo de animal. Que no tenga manchas extrañas, coágulos de sangre, golpes aparentes o cualquiera otra cosa que hiciera sospechar de la buena calidad.

.....Quizá el color de la misma carne, grasa y pellejos sea lo que más llama la atención. Un color amarillo “saludable”, que encanta a cocineros y cocineras, ya que a su vez dará origen a un caldo o consomé de la mejor apariencia. Pollos amarillentos que, a fuerza de ser solicitados, han hecho de la decoración avícola toda una especialidad. Imaginemos al consumidor, de pie ante el mostrador, examinando detalladamente cada ejemplar, cuando accidentalmente topa con un paliducho explumífero.

.....Lo primero que pasa por la cabeza es una sombra de duda:

.....— ¿Estaría anémico ese pollo? ¿Habrá muerto por enfermedad?

 

.....Nada de eso. Pollos y gallinas poseen, de manera natural, una carne de tono rosado claro, que nada tiene que ver con algún mal. Somos nosotros, los comedores de gallináceas, quienes hemos obligado a los granjeros a introducirse en el arte del maquillaje animal.

.....El porqué no tiene ninguna ciencia. Basta con recordar los tiempos pasados anteriores a la primera mitad del siglo XX. En aquellos días, mucho del huevo, así como la carne de pollos y gallinas era producido en ranchos y pequeñas granjas. En esa época, las aves domésticas acostumbraban vivir en el traspatio de las casas o en pequeños corrales; nunca en jaulas como las que ahora podemos ver. Así pues era costumbre alimentarlos con granos de maíz que se arrojaban al suelo o se ofrecían en rudimentarios comederos. Claro, las aves golosas y curiosas, luego de su maicera alimentación, buscaban algún postre y una que otra botana. Gusanos, insectos, flores y hojas de algunas plantas, complementaban su nutrición.

 

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