El
ritmo de la vida europea estuvo unida por muchos siglos al ciclo de
las estaciones, de la agricultura y de los ritos tradicionales gaélicos,
celtas o galos. Conforme la Iglesia católica se consolidó
como la institución más poderosa de Europa, el control
del tiempo -además de las pesas y medidas- cayó bajo su
dominio. La Iglesia se convirtió en la gran administradora de
los días y los años. El año eclesiástico
se dividió en cuatro periodos: de Pascuas a Pentecostés,
de Pentecostés a septiembre, de septiembre a la Cuaresma y de
ahí hasta Pascuas.
Sin
embargo, la verdadera organización del tiempo medieval se originó
en la vida monacal. Conventos y monasterios impusieron, poco a poco,
su propio horario y calendario en el campo y en las ciudades. El día
se dividió en siete horas canónicas. En lugar de contar
las horas de una a doce, los monjes incluyeron siete momentos en la
jornada: los siete momentos del oficio o siete "instantes"
de Dios. Además, dividieron los meses en semanas de siete días,
según la tradición hebrea. El domingo, en lugar del sábado,
se convirtió en un día reservado completamente al servicio
de Dios, y el tiempo destinado habitualmente al trabajo manual lo consagraron
a la lectura y a la meditación. Por otra parte, para determinar
las diferentes fechas del año, los monjes utilizaron más
y más los nombres de los distintos santos y las fiestas de la
historia de Cristo. Este sistema se difundió en el conjunto del
Occidente cristiano.
A
partir de la Alta Edad Media, se dividieron las 24 horas de un día
en cuatro partes, cada uno de las cuales equivalía a seis horas.
La hora, por su parte, se dividió en cuatro puntos: un punto
valía un cuarto de hora. El punto equivalía a diez momentos.
El momento valía, por tanto, un minuto y medio, y estaba dividido
en doce onzas (cada onza valía siete segundos y medio); la onza
se dividía en
cuarenta
y siete átomos; se consideraba que el átomo era tan pequeño
que no podía fraccionarse.
En
un día, la transición entre cada cuadrante de seis horas
se anunciaba con campanas colocadas en las iglesias. Así las
campanas tocaban un golpe a Prima, es decir, al salir el Sol; dos golpes
a la Tercia, entre la salida del Sol y el mediodía; tres golpes
a la Sexta, es decir a medio día, etcétera. Este tiempo
eclesiástico que se regulaba al sonar de las campanas, fue determinante
en el desarrollo de la vida cotidiana de la Edad Media. Las campanas
marcaban las horas de los rezos y señalaban también el
ritmo de trabajo. Indicaban la hora a la que había que levantarse,
dirigirse al trabajo, descansar o finalizar la jornada laboral.
A
finales del siglo XIII se inauguró en Westiminster Hall, en Londres,
el primer reloj mecánico dotado de sonidos metálicos,
emulando a las campanas. A partir de entonces, aparecieron grandes relojes
mecánicos en las catedrales de ciudades importantes en Inglaterra
y algo más tarde en Francia y Alemania. Los nuevos relojes mecánicos
estaban accionados por una pesa que pendía de una cuerda. El
funcionamiento del reloj estaba regulado por un mecanismo denominado
escape. La tracción de la pesa se producía sólo
cuando el escape liberaba a intervalos regulares el mecanismo de relojería,
con lo que se producía el avance. De este modo, apareció
por primera vez el tictac de los relojes.
