—Porque todos creían que sin seres vivos era imposible que existieran sustancias orgánicas. Yo encontré condiciones ambientales en donde esto sí era posible.

—¡Entonces eso fue lo que descubriste! ¡El origen de la vida!
—Bueno, yo sólo di una pauta más. Otros científicos pudieron demostrarlo en el laboratorio y tal vez tú puedas encontrar otras cosas más en el futuro.
—¡Oh, sí, me gustaría! —dijo Jaime—; pero, ¿tú crees que podré?
—¡Claro! Si te lo propones. Te diré que en México existió un excelente científico llamado Alfonso L. Herrera
, que también se preocupó por el problema del origen de la vida. Mientras vivió, mantuvimos una buena amistad por carta, pero nunca nos llegamos a conocer.
—Pero dime: ¿cómo podré estudiar mejor tu teoría?
—Te voy a regalar un librito —dijo Oparin— que se llama El origen de la vida. Lo escribí en 1924; y a través de él, mi teoría se conoció por todo el mundo. Cuando seas un poco mayor podrás leerlo con detenimiento.
—Y ahora, ¿regresarás a tu país?
—Sí. Tengo mucho trabajo. Estoy haciendo algunos estudios sobre el azúcar, las proteínas y los vegetales para mejorar la producción de alimentos. También trabajo en una federación mundial de científicos que luchan por la paz. Y en Rusia, donde hay talleres de ciencias para niños como tú, imparto el de bioquímica. Chicos y chicas me platican sus ideas, las comentamos, hacemos experimentos y todos nos divertimos mucho.
Jaime, emocionado y comprendiendo que su tiempo con aquel gran hombre se había terminado, agregó:
—Cuando descubra algo más sobre el origen de la vida, te prometo que te escribiré.
Oparin sonrió cariñosamente y dijo:
—Tal vez ya no me encuentres para ese entonces, pero seguro hallarás algo interesante; y a mis discípulos, tus colegas del día de mañana, les gustará saber de ti. ¡Adiós!
Alexander Ivánovich Oparin nació en 1896. En 1979 vino a México por tercera vez para recibir de la Universidad Nacional el doctorado Honoris Causa. Murió en Moscú el 21 de abril de 1980.

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