Chispa.
México, Innovación y Comunicación S. A. de C. V., año 1, núm. 16, febrero de 1982, p. 8.

Autor: Información Antonio Lazcano, redacción Julieta Montelongo
Diseño Gráfico: Jani Rivera

—¿Tú eres de Rusia? —preguntó Jaime al enorme anciano de barbas grises.
—Sí, jovencito; soy de Rusia —respondió aquel hombre con una amable sonrisa.
—¿Y entonces qué haces en México? —insistió el niño.
—Pues me invitaron algunos amigos que tengo en este país. Ellos son científicos de la Universidad.
—Tú también eres científico, ¿verdad?
—Sí, soy bioquímico.
—Mmmm, algo muy importante debes haber hecho porque todos te aplauden y quieren platicar contigo.
El anciano rió y le sacudió a Jaime el pelo. Se disponía a retirarse cuando el niño lo abordó de nuevo.
—Cuando sea grande yo también quiero descubrir muchas cosas. Dime, ¿cómo puedo hacerlo?
Alexander Ivánovich Oparin recordó su propia infancia y pensó en la emoción que le hubiera invadido si algún científico famoso le hubiese regalado diez minutos de su tiempo. Así que dijo:
—Ven, escapemos un momento de toda esta gente y sentémonos a charlar un rato.
Los asistentes a la ceremonia efectuada en honor del científico soviético, quedaron sorprendidos ante la importancia que Oparin dedicaba a un simple niño.
Mientras tanto, los dos nuevos amigos platicaban en un rincón.
—Así que tú deseas ser un científico cuando seas mayor —interrogó Oparin.
—Sí —dijo el niño— quisiera tener un buen laboratorio, hacer experimentos y descubrir algo muy importante. Por eso quiero que me digas qué tengo que hacer.
—Bueno, bueno —rió Oparin—: no hay una fórmula para eso, pero te platicaré mi propia experiencia y tal vez de algo te pueda servir.

Nací en un pueblito llamado Uglich, muy cerca del gran río Volga. Aquel sitio era maravilloso. Yo saltaba y corría por todas partes y me gustaba acostarme en la tierra y tratar de adivinar a qué árboles pertenecían las hojas caídas.
Cuando tenía tu edad, unos diez años, logré reunir un hermoso herbarioColección de plantas secas y clasificadas, usada como material para el estudio de la botánica. , tan completo que no le faltaba una sola especie de la región de Uglich.

Mis padres notaron esta inquietud y como en mi pueblo no había escuela superior decidieron llevarme a Moscú. Ahí entré a estudiar al liceo. Me gustaba mucho leer los libros de un señor llamado Darwin, pues hablaba de las plantas y animales, que a mí tanto me gustaban, y relataba cómo habían cambiado con el paso del tiempo. Pero lo que a mí más me intrigaba era cómo había surgido la vida en la Tierra.