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Las formas antiguas de luminosidad artificial Una de las primeras formas de iluminación
artificial utilizadas —aunque no se buscaba específicamente
ese propósito— fue el
fuego. Para el hombre primitivo este descubrimiento, además
de servirle para mitigar el frío, ahuyentar a los animales y, posteriormente,
cocer
los alimentos, le permitió adentrarse en las cuevas donde se
refugiaba, las cuales estaban en oscuridad completa. Los leños
encendidos le facilitaron la exploración de esos sombríos
refugios en los que creó las primeras pinturas
rupestres. Cuando surgieron las antiguas civilizaciones agrícolas en Egipto, Mesopotamia e India, y edificaron las primeras ciudades, los templos y palacios eran alumbrados con recipientes que contenían brasas; éstas proporcionaban además de un poco de claridad, calor durante la noche. En otros espacios se colocaban antorchas para que sacerdotes y gobernantes transitaran sin dificultad. Rudimentaria, sí; pero tecnología al fin. Los fenicios, pueblo de navegantes que comerciaba con las ciudades edificadas sobre las costas del mar Mediterráneo, guiaban a su flota mercante encendiendo fogatas en los montículos más elevados; así evitaban que se perdieran en la oscuridad. Posteriormente, los griegos empezaron a utilizar lámparas de aceite, algunos otros pueblos las elaboraban del sebo obtenido de los animales que sacrificaban. Todas estas opciones tenían ciertas desventajas: producían bastante humo y la llama carecía de protección en caso de que soplara el viento. Sin embargo, era ya algo mejor que las antorchas y brasas; más práctico también.
En el siglo XIX iniciaron, también
en Inglaterra, los primeros experimentos de alumbrado eléctrico.
Crearon diversos prototipos de lámparas incandescentes; pero fue
en 1879, cuando el estadounidense Thomas Alva Edison |
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