
El desenlace fatal insospechado
Los alegatos terminaron cuando, al voltear hacia el punto donde el ciempiés fue colocado, descubrieron que la naturaleza, la real y auténtica, había funcionado.
Sí: ahí estaba la alimaña del montón de patas pero acompañada, o más bien convertida en el platillo principal de un batallón de hormigas coloradas. Ese animal que casi siempre actuaba como cazador terrestre, ahora era la presa del grupo de predadoras arborícolas.
Un espectáculo atroz. El miriápodo, todavía vivo, se retorcía con cada ataque de las fuertes mandíbulas. Agonía dolorosa en la que cada mordida se llevaba una pata o un trozo del cuerpecillo.
El ganadero reía burlón, ya que, según su manera de pensar, el acontecimiento ponía las cosas en su lugar. Diana estaba molesta, ya que ella misma había colocado al “rescatado” en bandeja de plata para que lo comiera la horda de insectos y, para colmo de males, sometido a una muerte mucho más lenta y dolorosa que la de un machucón. Lo peor es que para salvarlo nuevamente, habría tenido que sacrificar bastantes hormigas que, de acuerdo con su filosofía, también tenían derecho a vivir.