El primer contacto real con la naturaleza
Llegó el día en que la muchacha tuvo la oportunidad de hacer un viaje de estudios para conocer a las vacas en su ambiente de pastizales. Como ya se podrá suponer, ahí no hay calles ni banquetas como en la ciudad y menos las planchas de cemento propias de esos sitios adaptados para que los ocupen muchas personas.
El potrero termina donde lo marca una cerca de alambre con púas, o bien en el punto mismo donde la vegetación nativa se resiste a desaparecer y hay manchones de selva. Ahí pueden darse encuentros sorpresivos con serpientes, arañas, simples chapulines, lagartijas, garrapatas, ortigas y hierbas de todo tipo.
Pues bien, durante el recorrido que Diana hacía junto con otros compañeros y el dueño de los animales, pudo observar a un ciempiés que corría enloquecido, intentando salvar su vida mientras cruzaba la vereda por la que transitaban las parsimoniosas vacas. Y cómo no caminar a toda velocidad, si cada una de las reses pesaba cerca de 500 kilos que apoyaban en las —para él— mortíferas pezuñas.
El caso es que ella también aceleró el paso para recoger al bicho, en un intento por ponerlo a salvo. Esa acción alarmó al ranchero por ser bien sabido que los miriápodos (nombre con que se conoce a estos seres de muchísimas patas), tienen una picadura venenosa.
El aviso resultó innecesario; no en balde la joven ya había leído muchísimos libros relacionados con la vida natural. Por eso lo había levantado con la ayuda de una varita y decidió que lo pondría en la rama del árbol más cercano a fin de no correr el riesgo de un piquete.